25 de Septiembre de 2018

Opinión

"Reencuentro con lo perdido"

Pasamos de un hombre ampliamente supeditado a los caprichos naturales a un dominador del entorno natural, ya no dependíamos de las estaciones y evoluciones naturales.

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La vida del ser humano fue durante milenios pausada, siguiendo los ritmos de la naturaleza, nuestras actividades en sincronía con la evolución natural de los medios en los que vivíamos, adaptando nuestra vida a las épocas de las grandes migraciones de animales cuando también migrábamos de un lugar a otro persiguiéndolos para encontrar a través de ellos el sustento que necesitábamos; ya sedentarios, seguimos el vaivén de las estaciones que nos marcaban los momentos de siembra, crecimiento y cosecha de nuestros alimentos. Así, el ser humano era uno con el palpitar de la naturaleza.

Pasamos de un hombre ampliamente supeditado a los caprichos naturales a un dominador del entorno natural, ya no dependíamos de las estaciones y evoluciones naturales; cada vez más el hombre, por medio de la técnica, independizaba su diario vivir de los ritmos naturales. Potenciando habilidades y posibilidades se encargó de ir marcando su propio ritmo de vida sobre el planeta. Durante muchos siglos, las distintas civilizaciones no habían experimentado el vertiginoso desarrollo que se experimenta actualmente; con el desarrollo de la tecnología nuestras noches se volvieron día y el ser humano acabó enfrascado en un ritmo existencial frenético y en ocasiones cerca de lo irracional.

La Revolución Industrial fue un parteaguas en la vida del hombre; una producción cada vez más eficiente brindó una oleada de satisfactores que generaciones anteriores nunca hubieran pensado tener, pero esta posibilidad de separarnos de los dictados de la naturaleza ocasionó que nuestro ritmo de vida se fuera acelerando; la posibilidad de realizar trabajos cada vez menos limitados por el clima, los recursos disponibles o la energía necesaria para realizarlos nos llevó a trabajar cada día más y más y por supuesto incrementar nuestros satisfactores de manera exponencial.

El mundo occidental fuertemente influido por la tradición judeocristiana privilegia el trabajo como una manera de humanizar a la persona: eres mejor ser humano a través del ejercicio del trabajo y en cierto sentido cocreador junto con Dios. Se han cantado miles de loas a la dignidad del trabajo y de quien lo ejerce y sin demeritar ninguna de estas ideas se ha caído en el exceso de endiosarlo; con el nuevo becerro de oro de la productividad se llega a tales excesos que en muchos países ya se habla de la adicción insana al trabajo y a los que caen en ella se les ha denominado workaholics, algo así como un trabajólico.

Lo que todo esto ha traído como consecuencia para los hombres y mujeres de nuestras sociedades es considerar casi pecadora e impúdica la idea de simplemente no hacer nada, relajarse, descansar y pasar algún tiempo o unos días sumidos en la contemplación del mundo y de nosotros mismos; pareciera que si no estás produciendo algo útil para la sociedad eres un zángano, casi una sanguijuela que consume y no produce.

Pero el ser humano necesita de esos espacios de reconexión con la naturaleza, pasar alguna tarde o, ¿por qué no?, varios días dedicado a reencontrar la hondura de su alma a través de la contemplación de la obra de la naturaleza, regodearse en el diseño natural, maravillarse ante las formas vegetales, admirar la complejidad y la diversidad animal, redescubrir la maravilla de sus manos, el mecanismo casi perfecto de su cuerpo, aprender a ver de nuevo el mundo por medio de la maravilla de la vista que la vida le ha concedido, zambullirse en la naturalidad de su entorno y de su cuerpo.

Sí, hemos de perder para encontrar, perder el ritmo acelerado de la vida para encontrar nuestro lugar en el mundo natural, perder la ansiedad por estar siempre activos para encontrar la paz interior, perder una hora de productividad para encontrar sesenta gloriosos minutos de maravillarnos ante nuestro propio cuerpo, perder una tarde de trabajo para encontrar una puesta de sol y la inexplicable plenitud que genera la brisa marina en nuestro rostro, porque perder un rato o unos días de trabajo y reencontrar nuestra esencia natural y nuestra riqueza interior siempre será una buena pérdida.

Ciertamente el ser humano tiene mucho que agradecer al trabajo, que vivificante ha permitido a nuestra especie ser lo que es; lo que no es posible es considerarlo el fin último del hombre porque, si bien el trabajo se hizo para el hombre, el hombre no sólo existe para el trabajo.

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