19 de Noviembre de 2018

Opinión

Sacudir el avispero

No hay nada peor que un político que no cumple sus promesas de campaña, salvo otro que sí las cumple, como acaba de demostrar Donald Trump.

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No hay nada peor que un político que no cumple sus promesas de campaña, salvo otro que sí las cumple, como acaba de demostrar Donald Trump, la semana pasada, cuando reconoció formalmente a Jerusalén como la capital del Estado de Israel, renunciando así, abruptamente, a la función mediadora que históricamente su país había desempeñado, obligando a las partes al establecimiento de una tregua de baja intensidad que sirviera de fondo para el desarrollo de las pláticas de paz, hasta alcanzar una solución no militar al conflicto entre Palestina e Israel.

Y es que a la luz de las dificultades que ha tenido el republicano para establecer acuerdos con su congreso, con el objeto de llevar al cabo las modificaciones necesarias para cumplir con sus promesas en el terreno doméstico y urgido de mantener su base social ante el advenimiento, el año que viene, de las elecciones intermedias, en las que se pone en riesgo la mayoría precaria que ostenta su partido, anecdóticamente por acusaciones de acoso sexual a sus candidatos, no duda en echar mano de recursos en los que no necesita consenso alguno, como el referido decreto, sin mostrar preocupación alguna por desestabilizar el frágil equilibrio geoestratégico de la región.

Y continúa, así, empujando a su país por la vertiginosa pendiente aislacionista como efecto colateral de su irresponsable actuación, de tal manera que todos los demás miembros del Consejo de Seguridad de la ONU han repudiado su irreflexiva determinación que no ha obtenido la aprobación de ningún otro país.

Las reacciones del mundo árabe y musulmán, incluso las de los gobiernos que han fungido como sus aliados en la región, difícilmente pueden ser tan unánimes como contundentes en su repudio; lo mismo sucede con los países europeos que han sufrido directamente las consecuencias de esos conflictos y que están conscientes de que puede alcanzar las dimensiones catastróficas de una conflagración nuclear que amenaza no sólo la paz sino la existencia mundial.

Pero, al igual que en su disputa con Corea del Norte, ya vimos que el único interés de Trump es obtener el poder cueste lo que cueste y que, para lograr los votos necesarios, está dispuesto a sacudir el avispero mundial sin importarle las consecuencias.

Resulta muy grave la responsabilidad que tiene la sociedad norteamericana por haber permitido la instalación del chivo supremacista en la cristalería de la Casa Blanca; más les vale utilizar los contrapesos y las instituciones pertinentes para contener sus apetitos bélicos o, mejor aún, para destituirlo, ya que su incapacidad para gobernar a la primera potencia del mundo no requiere más evidencias. 

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