14 de Diciembre de 2017

Opinión

La generación de los merecimientos

¿Cuántos, hoy mayores de 50 años, no tuvieron que trabajar años, para obtener un título universitario o comprarse un auto?

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Los adultos mayores de cincuenta años recordarán cómo, durante sus años mozos, se privilegiaba la cultura del esfuerzo entre los jóvenes; si alguien pretendía lograr una educación universitaria que tal vez sus padres no pudieron alcanzar, sabía que la ruta indicada era la del esfuerzo, la perseverancia, horas dedicadas a los estudios y en no pocas ocasiones todo esto aderezado con largas jornadas de trabajo que le permitieran al joven reunir los recursos económicos que sus padres no podían dedicarle; de esta forma muchos de los adultos ya mayores pagaron un alto precio por llegar a poseer un título universitario.

¿Cuántos no tuvieron que trabajar durante largos años para por fin obtener su primer automóvil? Después de haber pasado casi toda su vida utilizando el transporte público, el primer automóvil propio se veía con orgullo; aunque fuera uno de los más económicos y austeros del mercado, era también motivo de regocijo familiar, al que se sumaban hermanos, tíos o abuelos, todo un acontecimiento en la vida de quien con tanta dedicación lo había obtenido, alegría de la familia, amigos y compañeros de trabajo que se habían dado cuenta del esfuerzo desplegado por quien ahora era su feliz poseedor.

Había jóvenes, hombres como mujeres, que debían esperar largos meses para obtener el abrigo que tanto querían, tal vez la cama nueva para su cuarto o alguna otra cosa; la espera formaba parte del disfrute de tener finalmente lo que tanto se había añorado, ya fuera un televisor nuevo o tal vez un viaje.

Ni se diga del hecho de obtener nuestra primera casa; para muchos era la única ocasión en la vida que lo harían, ya que innumerables personas permanecían siempre en la primera casa que adquirieron, por ello el hecho de lograr tener una casa era un acontecimiento que no sólo congratulaba a toda la familia, sino a todo nuestro círculo de amigos y conocidos.

En algún momento de nuestra evolución social, este sentimiento de alegría y agradecimiento con la vida por haber logrado lo que se anhelaba se fue perdiendo, probablemente la elevación del nivel de vida en cuanto a satisfactores materiales ha tenido mucho que ver en ello, pero no menos han tenido que ver los padres, que ahora conceden con tal celeridad y prontitud las cosas a sus hijos, que la mayor parte de las veces no los dejan ansiar, desear e ilusionarse con aquello que esperan; es bastante común que los padres se acaben anticipando a lo que podrían esperar sus hijos y les brinden aquello que ni siquiera han llegado a anhelar.

Estas actitudes han sido terreno fértil que ahora produce jóvenes que se sienten merecedores de todo y que además lo exigen y demandan como si el solo hecho de no concederles algo de lo que esperan fuera una actitud no nada más condenable, sino casi rayana en lo criminal.

Uno de estos padres me contaba cómo, durante toda su vida, creyó firmemente que todo lo que sus hijos le pidieran y no fuera malo él debería esforzarse en dárselos, para caer en cuenta con el paso de los años que había contribuido a crear unos seres humanos que no sabían esperar nada, convencidísimos de que todo lo merecían, que no daban gracias a la vida de nada, pues casi era obligación brindarles aquello que ellos demandaban.

Vivimos rodeados de jóvenes adultos que sienten que tienen derecho a todo, que no hay que esperar por nada, que nada hay que agradecer porque todo lo que reciban es natural y esperado que así sea, que sienten que no hay cosa alguna que sea digna de ellos, una generación que cree que merece todo y aún más.

Pero como el mundo no está para conceder deseos de nadie, una vez que terminan los estudios o abandonan el hogar se dan cuenta de que han vivido en una burbuja de expectativas exageradas, entonces ven el mundo como injusto y cruel y se acaban refugiando en el papel de víctima.

Acostumbrados a recibir sin esfuerzo y sin merecimiento, con la seguridad plena de ser los dueños y amos del mundo, acaban frustrados, resentidos y confundidos, porque la nueva realidad a la que se enfrentan no es la de esos días de vida envuelta en terciopelo a la que se encontraban acostumbrados.

El antídoto eficaz será enseñar a las nuevas generaciones las bondades de esperar, el poder de la gratitud, de la dedicación y la humildad, para llegar a entender que no somos dueños ni merecedores de nada que no se haya conseguido con nuestro propio esfuerzo.

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