22 de Septiembre de 2018

Yucatán

Homilía: 'Por la Cruz, a la transfiguración'

La Transfiguración de Jesús lo presenta como nuevo Moisés que se encuentra con Dios en el nuevo Sinaí, en una nube de la que sale la voz que ordena escucharlo.

La vocación de Jesús a la cruz y a la gloria domina el Evangelio de la Transfiguración. (SIPSE)
La vocación de Jesús a la cruz y a la gloria domina el Evangelio de la Transfiguración. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- II Domingo de Cuaresma

Gn. 12, 1-4; Sal. 32; II Tim. 1, 8-10; Mt. 17, 1-9

1 Gn. 12, 1-4

Este texto contiene:

a) La vocación de Abraham.

b) La promesa de la bendición.

c) La bendición para todos es Abraham.

a) La vocación (Gn. 12.1)

Los parientes de Abraham eran paganos. El verdadero Dios se revela a Abraham y esta revelación trae consigo la vocación que obtiene que Abraham deje su ambiente familiar de idolatría. Como toda vocación comporta su aportación de sufrimiento, al desprenderse de su familia, tierra, de la mentalidad, de los usos y situaciones que dan comodidad y seguridad, para en cambio enfrentar un futuro desconocido e incierto, basado en la fe y confianza de un Dios que llama.

b) La promesa que se transforma en bendición.

La promesa es que Dios le ofrece a Abraham, a cambio de ser nómada, una grande posteridad. Deseo muy profundo de todo ser humano de querer vivir para siempre y lograr ello a través de su posteridad. Él será así la cabeza de todo un pueblo. Y junto con este sentimiento tan profundo para el ser humano de la descendencia, en su persona se vuelve la promesa también bendición para muchos otros.

c) Bendición para todos (Gn. 12, 3-4ª)

La promesa es que Dios será bendición para aquellos que sean buenos con Abraham. Muchos textos posteriores comentarán esta promesa revelando así la gloria destinada a Abraham y a su descendencia. 

En la vocación de Abraham está el paradigma de la vocación cristiana que pone a todos en la condición de peregrinos y nómadas en este mundo, no para eximirse de sus compromisos y deberes, sino de sana autonomía e independencia con respecto a los bienes terrenos, propiedades y posesiones. 
La obediencia de Abraham le trae una grande descendencia de la cual surgirá el Salvador.

d) de la obediencia a la descendencia y a la Bendición 

Así también el cristiano realiza su verdadera fecundidad, en la obediencia, y como Abraham se hace bendición para todos es decir  instrumento de la gracia y de los favores de Dios; en esa actitud de peregrino: desprendido, despojado y disponible; dejando las idolatrías y caminando en un futuro luminoso de esperanza guiado por la confianza en Dios.

II.- 2, Tim. 1, 8-10 “No hay Transfiguración sin Pasión”

Recordemos que el apóstol está en prisión en Roma y mientras se prepara a ofrecer su sacrificio, exhorta a su discípulo a que tenga fe en el compromiso apostólico que le ha sido dado con el Orden.

Es una invitación al valor, al llevar a cabo la misión recibida. Junto con el testimonio de la predicación, está el del testimonio de la vida, de los sufrimientos que asocian al apóstol, con los sufrimientos del Señor.

Y todo es posible, por difícil que aparezca, con la ayuda de la gracia de Dios. 
La base de la motivación es el ejemplo de Cristo.

Salvación y vocación son como dos aspectos de la misma realidad. La vocación es llamada santa porque proviene de Dios, “Santo” por excelencia; y porque la generosa fidelidad a la misma, conduce a la santidad.

Ambas tienen en común la gratuidad, como don de Dios. Según el designio de Dios, la salvación se realiza en su hijo, Jesucristo; San Pablo indica el contenido del misterio, la obra de Cristo; con su doble proyección: vencer a la muerte y hacer resplandecer la vida.

Ese misterio de muerte y resurrección, viene comunicado a todos los creyentes por participación; anunciado en el Evangelio, asimilado en la fe. De hecho, la predicación del Evangelio y su acogida por la adhesión en la fe, es la prolongación en los siglos del misterio de la salvación.

El heraldo del Evangelio debe saber sufrir por el mensaje que lleva, pues sabe que su vocación es la elección de Dios, que se enmarca en el designio salvífico de su revelación en Jesucristo, y en el misterio de su muerte y resurrección y que se comunica mediante la predicación y el don del espíritu de la fe que nos une a Jesús.

Un punto central de la Cuaresma es la Transfiguración y al centro de la Transfiguración pertenece la pasión. No hay Transfiguración, sin pasión.

III.- Mt. 17, 1-9 “La Luz y la voz”

La página gloriosa de este Evangelio, está a la base de una fiesta litúrgica del verano, el seis de agosto, de la Transfiguración. Llamada en las Iglesias orientales “La Pascua del verano”.

Es una estupenda página, que tiene perfiles de una aparición pascual con el Cristo en el centro y los apóstoles admirados y atemorizados alrededor.

Lo que sucedió viene descrito con palabras que tratan de hacernos comprender la profundidad del misterio.

Se trata de una teofonía (manifestación de Dios), en la que participan tres apóstoles elegidos: Pedro, Santiago y Juan, como testigos privilegiados; ellos fueron los primeros llamados, estuvieron presentes en la resurrección de la hija de Jairo, son testigos de la oración de Jesús en el huerto de los Olivos: en cada episodio evangélico está operante la predilección de la elección del Señor.

La venida de Moisés y Elías a conversar con Jesús, significa la presencia de la Antigua Alianza, -la ley y los profetas-, conversando con Jesús. Los dos personajes están destinados a confirmar la fe de aquellos que asisten a la manifestación y que serán transcendidos por la presencia de Dios, lo mismo la voz que revela la identidad de Jesús como hijo de Dios.

La reacción de los discípulos, el temor, caer rostro en tierra, son signos típicos del creyente ante la presencia de Dios.

La recomendación de Jesús de no hablar del suceso, forma parte del “secreto mesiánico” tema característico del Evangelio de Marcos.

En Mateo la Transfiguración de Jesús se comprende para presentarlo como Señor, nuevo Moisés que se encuentra con Dios en el nuevo Sinaí, dentro de la nube de la que sale la voz que ordena escucharlo.

a) Son los signos de la Transfiguración que predicen la Pascua.

La voz divina: “este es mi Hijo amado”.

Hay tres voces muy significativas en la existencia terrena de Cristo:

1.- En el Bautismo, 2.- En la Transfiguración y 3.- En la exclamación del Centurión: “Verdaderamente este hombre es el Hijo de Dios”. (Mt. 27-54).

Esta voz contiene el credo que Dios nos revela, y que nosotros como Iglesia profesamos.

Al centro de nuestra fe, de la liturgia, de la espiritualidad debe brillar siempre, en todo y sobre todos el rostro de Cristo.

Debe desdibujar las fáciles devociones, las degeneraciones sectarias y superar radicalmente las supersticiones.

El segundo signo es el de la Luz. Todo el cuadro está intensamente iluminado, para revelar así la realidad misteriosa de Cristo y nuestro destino como “hijos de la luz”.

Así, la Transfiguración es el signo de la acción y fuerza de la gracia que transforma-transfigura nuestra fragilidad y nuestra debilidad.

Describe en forma muy interesante O. Clement a Charles de Foucauld, fundador de los Hermanitos de Jesús, que murió asesinado en el desierto: “Me quedé maravillado ante la fotografía de Charles de Foucauld. La carne había sido sustituida como por brazas ardientes, era el paso a través del fuego, la Transfiguración-Resurrección. El santo dice: Abba Padre, como si estuviera orando por primera vez, y entra cada día en una siempre primera vez, porque el mismo se ha transformado en llama divina”.

Podemos establecer este paralelismo:

La voz nos conduce a Cristo, la luz nos transforma en él.

La voz se expresa en la Biblia; la luz a través de la fe y los Sacramentos.

La voz nos indica el camino de la vida, la luz inaugura el nuevo día de la salvación.

Qué bien lo describe el apóstol Pedro:

“Lo vimos cuando Dios el Padre le dio honor y gloria”. Cuando la voz de Dios le habló de aquella gloriosa manera: “Este es mi Hijo amado, a quien he elegido”.

“Nosotros mismos oímos aquella voz que venía del cielo, pues estábamos con el Señor en el monte sagrado... esta voz es como una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que el día amanezca y la estrella de la mañana salga para alumbrarles el corazón” (2 Pe. 1,17-19). 

Conclusiones:

La vocación de Jesús a la cruz y a la gloria domina el Evangelio de la Transfiguración.

Cristo: “Hijo amado” y “Siervo fiel”, es la verdadera presencia de Dios y nuestro encuentro de salvación.

Debemos en todo fortalecer la centralidad de Jesucristo.

Como decisión de fidelidad a Cristo en nuestra vocación -misión-, no obstante los sufrimientos y contradicciones, sostenidos por la fuerza de Dios. Como dice muy bien el prefacio de hoy.

“Porque Cristo nuestro Señor, después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la Resurrección”...

Que nuestra vida sea un sí para Dios, en esta Cuaresma 2014 y en cada día de nuestra vida. Sí en la disponibilidad para obedecer al Señor que nos dice: ¡Levántese, vamos!

Así adquiere plenitud de significado la síntesis: por la pasión a la Transfiguración, y por ésta a la participación en la Pascua de la Resurrección.

Amén.

Mérida, Yucatán, 16 de marzo de 2014.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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