23 de Abril de 2018

Yucatán

'El encuentro con Cristo transforma y transfigura'

No se propagandea el encuentro con Dios, ni se juntan multitudes, se valora desde un contacto personal y discreto.

El encuentro con Cristo tiene que ser un cambio radical de la vida, como lo fue en los que se encontraron directamente con Él. (SIPSE)
El encuentro con Cristo tiene que ser un cambio radical de la vida, como lo fue en los que se encontraron directamente con Él. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- Segundo Domingo de Cuaresma

Gn. 15, 5-12. 17-18; Sal. 26; Fil. 3, 17-4, 1; S. Lc. 9, 28-36

Introducción

Después de la experiencia de las tentaciones que meditamos el domingo pasado, viene ahora la experiencia de la transfiguración, en la que, Pedro, Santiago y Juan, son invitados a contemplar a Jesucristo.

I.- Dios nos amó primero

La transfiguración, como toda acción de Dios, inicia en Él. Dios es quien tiene siempre la iniciativa, es Dios quien invita. Así lo vemos con Abraham (1ª lectura).

Los antiguos judíos sellaban su compromiso sacrificando un animal. En este caso, Dios enviando el fuego sella la alianza con Abraham, curioso que el Patriarca cae en un sueño profundo como cuando Dios quiso darle a Adán su compañera.

Dios es el único protagonista de la historia, nosotros somos tan sólo actores. Él tiene la iniciativa, Él elige, Él actúa, Él conduce a cada persona y la historia de la humanidad entera.

Él llama, convoca, invita, de nosotros depende la pronta, generosa y decidida respuesta.

Por ello San Pablo en su carta a los Filipenses, rechaza a aquellos que ponen su confianza en la observancia de la Ley y creen que se puede “conquistar la salvación”.

La conversión en cambio, es buscar humildemente a Dios, en una constante fidelidad, capaz de superar pruebas, obstáculos y dificultades. Es como dice San Pablo “dejarse alcanzar por Él”, dejarse poseer, dejarse invadir por Él.

Dios interviene a nuestro favor, no obstante nuestras infidelidades, dudas, incertidumbres y debilidades.

Son llamados a la conversión no tan sólo los hombres perversos, sino también los conocidos como “buenos”; el encuentro con Cristo tiene que ser un cambio radical de la vida, como lo fue en los que se encontraron en serio con Él: Pedro, Pablo, Andrés, Santiago, María, la Samaritana, etc.

Lo fundamental de ésta búsqueda que conocemos como conversión es poner a Cristo en el centro de tu propia vida, del camino personal, que sea principio, fin y meta; que le de valor y significado a todo lo que hacemos, puerto al que dirigimos la barca de nuestra vida.

Su Palabra ilumina nuestra vida: “Lámpara es tu palabra para mis pasos Señor” (Sal. 119), su ejemplo, su actitud, sus enseñanzas, sus principios, deben de constituir para cada uno el modelo, ejemplo, ideal, que trato de imitar, realizar y cumplir. Dios nos invita a “ver hacia adentro”, a una conversión moral, a ser humildes, reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos, cambiar lo que debamos cambiar, aunque sea con sacrificio, como en la parábola del publicano y el fariseo (Lc. 18, 9-14) donde se transfiguró el publicano pecador por su humildad y arrepentimiento, y al fariseo que su vida “virtuosa manifestó”, la idolatría a la que puede llevarnos el “ego”, le impidió la conversión, pues estaba centrado en él y no en Dios.

II.- “Invitó a Pedro, Santiago y Juan...”

Son los tres apóstoles a los que invita en momentos significativos de la vida de Jesús. Les ha revelado las maravillas de su divinidad (Lc. 9,28) y la angustia de su humanidad (Mc. 14,33).

La transfiguración es un acto de fe, gesto de confianza que Jesús ofrece a sus amigos y que ellos aceptan gozosamente.

Dios se manifiesta siempre en el contexto del amor y de la amistad, y crea primero ese clima y ese marco para poder revelarle la profundidad de sus secretos.

Se transfigura contando con el testimonio de tres apóstoles y después de resucitado se presentará a sus amigos. La manifestación de Dios no es una imposición, sino un signo, para que la persona se convierta, ya que la conversión sólida es la que se hace por amor y no por fuerza.

Los secretos de Dios, como los del amor, se anuncian después de un período de conocimiento, donación recíproca, reciprocidad de compromiso, que quita cualquier obstáculo.

Es interesante la invitación de Jesús a guardarlo en secreto, así sucede en general con las revelaciones, que se guardan en discreción y silencio, para no violar la intimidad que se ha creado.

La transfiguración es un momento culminante en la vida de Jesús; se procuró respetar la discreción y contarlo a la oreja del amigo, lejano de la indiscreción.

El encuentro con Dios no se propagandea, no se envía carro de sonido, no se juntan multitudes, no se hacen grandes concentraciones, sino que se valora desde un contacto personal, amigable, discreto y tranquilo.

“Estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos, a los que salgan vencedores les daré un lugar conmigo, en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apoc. 4,20).

III.- Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.

El acontecimiento de la transfiguración es anuncio de la Pascua, es el cambio de actitud ante toda la vida, que la Biblia llama a la conversión del corazón y que toma su fundamento y origen en la Resurrección del Señor.

La transfiguración, como la resurrección, anticipa el mundo renovado, y son preludio de la experiencia definitiva del triunfo de la verdad. Por la Cruz a la Luz.

Vivir este misterio significa que todo debe cambiar porque como decía Saint-Exupéry en “El Principito”: “Sólo se ve bien con el corazón”.

Ésta es la “inteligencia del amor”, por ello “bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5,8) y para ello debemos hacer una purificación interior del corazón.

La austeridad en las imágenes, en los chismes, en los pleitos, en la superficialidad, para entrar dentro de uno mismo para hacer silencio en el corazón y poder amar, contemplar y comprender.

Poder penetrar los acontecimientos con la mirada de Cristo, con la luz del Evangelio, que es la única verdad que purifica y salva. No las verdades parciales, pasionales del poder, que fabrican los humanos y quieren que los demás las acepten en sutil manipulación.

La verdad es Jesucristo y la óptica de interpretación de los acontecimientos es la que hacemos a la luz del Evangelio. Vale la pena escuchar a San Pablo:

“Por lo tanto vivan según el Espíritu y no busquen satisfacer sus propios malos deseos... siguen los malos deseos los que cometen inmoralidades sexuales, hacen cosas impuras y viciosas, adoran ídolos y practican brujerías. Mantienen odios, discordias y celos. Se enojan fácilmente, causan rivalidades, divisiones y partidismos. Son envidiosos, borrachos, glotones y otras cosas parecidas. Les advierto a ustedes como ya antes lo he hecho que los que así se portan no tendrán parte en el reino de Dios”  (Gal. 5,16).

Y también: “... los enemigos de la cruz de Cristo, acabarán en la perdición porque su Dios son sus propios apetitos, se enorgullecen de lo que deberían avergonzarse y sólo piensan en las cosas de la tierra” (Flp. 3,18).

IV.- Conclusiones

Debemos pues, buscar conocer a Jesús, decía San Bernardo:

“Todo es insípido si no tiene sabor a Jesús”.

Para ello, hay que leer constantemente la Biblia porque: “La ignorancia de las Escrituras, es la ignorancia de Cristo”, (San Jerónimo).

Nos exhorta San Pablo: “He sido crucificado con Cristo, ya no soy yo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2,20).

Conocer también el Magisterio del Santo Padre, y de los Obispos.

Esa búsqueda de: amar + conocer + imitar e identificarse con Cristo, debemos -con la gracia del Espíritu- procurar esta Cuaresma. “De ti mi corazón me habla diciendo: ‘busca su rostro’ ¡tu rostro estoy buscando Señor!” (Sal. 26,8).

Ello nos llevará a la comunión, porque “yo he sido conquistado (alcanzado) por Jesús” (Fil. 3,12); y que nunca nos olvidemos: nosotros podemos y debemos llenar las vasijas con agua, pero solo Él puede transformarla en vino.

Por ello, la Eucaristía es fundamental: “yo vivo por el Padre, de la misma manera, el que se alimenta de mí, vivirá por mí” (Jn. 6,57).

“Ya que el efecto de la Eucaristía es que nosotros nos transformemos, en aquello que comemos” nos dice San León Magno.

“No eres tú quien te asemejarás a mí, sino yo que te asemejaré a mí, dice el Señor” (San Agustín).

En este día la Iglesia nos propone la revelación de la divinidad de Cristo y también del misterio de la persona humana en su peregrinación temporal y provisoria, con tantas pruebas e incertidumbres.

Por ello la importancia de la oración, buscar a Dios, con tanto anhelo, como se busca respirar.

La oración que es comunión de fe y amor, para cumplir el deseo de Dios Padre, de “escuchar a Jesús”.

Ahí se transformará nuestro corazón para encontrarnos con Cristo transfigurado, y para saberlo encontrar en los rostros de los pobres, enfermos, abandonados, solos, marginados, que en sus lágrimas y dolor nos recordarán siempre el rostro desfigurado de Cristo en la cruz.

Por la oración, viviremos la comunión con Cristo que se manifiesta en la Eucaristía, centro culmen y fuente de toda la vida cristiana, luz y vida para cada creyente en este nuevo milenio que estamos iniciando, que transforma y transfigura nuestra existencia, en la perspectiva de la victoria pascual de Cristo. “Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía”. (Sal. 26) Amén.

Mérida, Yuc., a 24 de febrero de 2013.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
  Arzobispo de Yucatán

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