15 de Agosto de 2018

Yucatán

Una más de Anécdotas de las cantinas de Mérida

Sergio Grosjean sigue recopilando historias en bares meridanos y protagonizando las propias, como la del robo de su celular en el bar Rapsodia.

'El Jacalito', un abrevadero del centro histórico de ambiente muy diferente; además de la decoración, la anfitriona es una dama que ronda los 70 años. (Sergio Grosjean/SIPSE)
'El Jacalito', un abrevadero del centro histórico de ambiente muy diferente; además de la decoración, la anfitriona es una dama que ronda los 70 años. (Sergio Grosjean/SIPSE)
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Sergio Grosjean/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- En anteriores ocasiones hemos citado que a lo largo de la historia ha habido diversas regulaciones en torno a las cantinas meridanas, y una de ella asentaba que estaba estrictamente prohibido que mujeres trabajaran, asistieran, e incluso fueran propietarias de algunos centros de entretenimiento. Desde hace algunas décadas el panorama a cambiado, pues ahora observamos que las mujeres no solo son grandes anfitrionas, sino que incluso son hasta las dueñas.

"El Jacalito"

En nuestros recorridos a través de las cantinas meridanas en búsqueda de crónicas y datos históricos, tuvimos la fortuna de conocer un sitio ubicado en la calle 67 con 58 del  centro histórico denominado “El jacalito”. En este abrevadero se respira un ambiente muy diferente, ya que además de la decoración, su propietaria y anfritriona es una dama que ronda en los 70 años llamada Doña Ady Segovia Rodríguez. Esta señora es una de las pocas cantineras que hemos podido ubicar a través de la historia, y a quien le agradecemos que nos obsequie su talento dotado de una excelente calidad humana y servicio. 

En breve saldrá al aire el segundo libro <i>Anécdotas de las cantinas de Mérida</i>, en el cual han colaborado de manera categórica colegas como El buitre, Luis Bofil, el Dr. Loria, Carlos Contreras (el Show) Hugo Lizama y  Cuitlac Lázaro, quienes además de exhibir sus dotes de caritativos bebedores han “sacrificado” sus higados en pro de la historia.

Les dejo de tentempié una crónica que estará inmersa en este libro, no sin antes agradecerle a nuestros amigos, el cantinero Nicolás Contreras Sánchez de “El paisa” y a Javier Martínez de “La costa”, las cantinas más pequeñas de Mérida, su excelsas atenciones. 

El Cejas y la Indian

En los años sesenta del siglo pasado, el entonces joven Víctor Manuel Lizama Ortega, apodado por sus amigos “El Cejas”, solía ser amante del motociclismo y, haciéndole honor a su pasión y buen gusto, montaba una motocicleta de la marca Indian. En sus andanzas, un día salió en busca de su amigo Miguel Ramírez -mejor conocido como “Jugo”- con la intención de apagar el típico calor de Mérida, y así lo hicieron, pues se fueron a beber un par de tragos. 

La reunión con su colega fue tan maravillosa que tomaron más de la cuenta y ya encarrilados, tuvieron la ocurrencia de dirigirse a la cantina "Los Barrilitos", ubicada un costado del parque de La Mejorada sobre la calle 57.

Lo simpático del asunto no fue la ingeniosidad de ir a ese abrevadero, sino más bien lo que hicieron, pues encaramados en la moto entraron a todo galope como en los filmes del viejo oeste, y con motor en marcha descendieron a gran velocidad, se liaron a puñetazos con todos los consumidores como verdaderos cavernícolas, y seguida a esta acción peliculesca, se montaron en la Indian y se dirigieron por la calle 60 hacia el norte con dirección al puerto de Progreso, aunque su destino final no fue el malecón como todo el mundo suele concebir, ya que lo cruzaron y continuaron sin escalas a la playa para detenerse por la acción del mar, hasta que finalmente hundieron la motocicleta.

No cabe duda que este tipo de locura no es común, y una vez más demuestra que el alcohol transforma y en ocasiones conduce a comportarnos de formas muy extrañas.

P.D.

Por cierto, el viernes, al final del recorrido cantineril aterrizamos en el bar Rapsodia ubicado en la avenida José Díaz Bolio, y luego de pagar la cuenta y retirarnos se me olvidó mi celular en la mesa, y al subirme al coche me percaté que no tenía el aparato, regresé para encontrarme con la noticia que ya me lo habían robado.

Sin duda fue un empleado de este lupanar, quien además tuvo el cinismo de irlo a vender a la Plaza de la Tecnología al día siguiente, ya que de allá me llamaron para vendérmelo. ¡Que barbaridad!

Lo bueno es que el aparato era un iPhone que inutilicé al momento  y no existe forma de activarlo. Ojala y el propietario de este sitio tenga cuidado con sus empleados.

Mi correo es [email protected] y twitter @sergiogrosjean

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