22 de Octubre de 2018

Opinión

EL PARAÍSO DE LAS PALABRAS

Llegando a la Ciudad de México por la noche te recibe un mar de luz eléctrica...

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Llegando a la Ciudad de México por la noche te recibe un mar de luz eléctrica que forma un hermoso paisaje, pero en esta enorme ciudad caótica e impredecible existe un recinto donde probablemente haya más luz que en toda la urbe junta, se trata de la Biblioteca Vasconcelos, diseñada con una propuesta arquitectónica vanguardista e inaugurada en 2006. Este recinto libresco alberga más de 60 mil obras e incluye mucho más que libros y espacios para la lectura en diferentes formatos. Sin duda, es el paraíso de todo lector, tal como se lo imaginaba Borges. Pero creo que él no imaginó que los libros sin la otra parte fundamental, los lectores, las personas, no pueden dar esa luz como los libros faros de los que habla Vivian Mansour en “Libros imposibles”,  aquellos que sólo alumbran cuando se abren porque la luz la dan las palabras. Y es totalmente cierta esta hermosa analogía, tan cierta que en momentos de crisis, de dolor, de miedo los seres humanos buscamos la compañía de otra persona y cuando no la hay, afortunadamente la tecnología nos ayuda a sentirnos más cercanos, aun estando a cientos de kilómetros de distancia.

Visitar la Biblioteca Vasconcelos fue grandioso, pero no lo fue tanto hacerlo el mismo día en que ocurriera el mayor terremoto registrado en México en un siglo. Si bien es cierto todo eso que se dice de que los libros salvan, curan y otras ideas similares, también lo es que son las palabras  las que producen todo eso, y no importa si están dentro de un libro o en un mensaje por alguna red social, si son para acompañar, para mostrar empatía y ayudar a otro a no caer en pánico, como en este caso; por eso, casi todos salieron a las calles con sus celulares y pocos hablaban entre sí, porque seguramente todos se comunicaban con alguien para sentirse menos solos y mitigar el temor. Al fin y al cabo, en un momento así todo puede faltar menos las palabras; las que abrazan son pequeños paraísos.

En unos cuantos segundos se apagaron las luces de muchas vidas que probablemente se fueron a dormir como cada noche pensando en despertar y vivir un día más. Pensaba en ello mientras deseaba que las horas pasaran más rápido para regresar a casa, a mi pequeño paraíso donde está todo lo que amo, mi familia y unos cuantos libros, pero en esas horas cada mensaje que me enviaron familiares y amigos trasnochados, a quienes les agradezco infinitamente, me hicieron sentir que estaba un poco más cerca de ahí. Son entonces la energía de las palabras yendo y viniendo por todos lados las que realmente alumbran a la ciudad y a nuestras almas.

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