19 de Noviembre de 2018

Yucatán

'El pecado vacía el amor, el perdón lo recupera'

La fe es ese don -regalo de Dios- que hace que la persona decida abrir su corazón a la redención que nos ofrece Jesucristo.

Es tanto el arrepentimiento sincero que suscita el amor que pide ser perdonado, como el amor acogedor y benevolente que posibilta el restablecimiento de la dinámica del amor a través del perdón. (SIPSE)
Es tanto el arrepentimiento sincero que suscita el amor que pide ser perdonado, como el amor acogedor y benevolente que posibilta el restablecimiento de la dinámica del amor a través del perdón. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- Domingo Ordinario

2 Sam. 12, 7-10. 13; Sal. 31; Gal. 2, 16. 19-21; S. Lc. 7, 36-8,3

Toda la liturgia de hoy gira en torno al tema del pecado y del perdón; y es muy bello el Salmo 31 – responsorial, que es una típica confesión bíblica que está llena de confianza y alegría por la experiencia del perdón y todo esto en contraposición a la dialéctica secular: delito-castigo.

I.- Dialéctica de pecado y perdón

Se pueden identificar tres partes en este trozo del Evangelio de San Lucas:

1. El encuentro ocasional de Jesús con una mujer pecadora durante un banquete en casa del fariseo Simón.

2. La reacción de escándalo del fariseo y la respuesta de Jesús con la parábola de los deudores, a los que se les condona su deuda con su consiguiente aplicación a la mujer y al fariseo.

3. El anuncio del perdón a la mujer pecadora, relacionado con su capacidad de amar y la proclamación al final, de la salvación puesta en relación con la fe.

El contexto está muy bien descrito por San Lucas, ya que en él vemos a Jesús que lleva a todos la buena nueva del Reino de Dios, acompañado de una pequeña comunidad itinerante configurada por los 12 y por algunas mujeres que han llevado a cabo la experiencia de la salvación y asisten al grupo apoyándolo con sus personas y sus bienes.

También, Lucas subraya dos aspectos que él aprecia de manera particular en la naciente comunidad primitiva que son: el papel activo de la mujer y el compartir los bienes.

La segunda lectura es una de las páginas más densas de la carta de Pablo a los cristianos de Galacia.

El centro de la reflexión se apoya en dos polos contrapuestos que son: “Las obras de la Ley” que se pueden traducir para los cristianos de hoy en la práctica de la Ley escrita y la fe en Jesucristo.

La “justificación” es el término técnico que se usa para describir el paso del estado de pecado al de una justa relación con Dios, y ello se da por la gracia que Dios nos concede, como consecuencia de la fe.

La fe es ese don -regalo de Dios- que hace que la persona decida abrir su corazón a la redención que nos ofrece Jesucristo y en comunión con la Iglesia Católica.

Por ello, Pablo dice que él se sustrae al régimen de “la Ley” gracias a la unión vital con Jesús y este crucificado.

Más aún, afirma que el día en que aceptó el signo del amor de Cristo que se le había revelado en la muerte de Jesús es cuando encontró su identidad más profunda: “Yo no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí”. (Gal 2,20).

Lo mismo sucede con la lectura del libro de Samuel, que es historia de pecado y de perdón. Al Rey David que mandó matar a Urías “El Hitita” para legitimar su propio adulterio con la mujer de aquel llamada Betsabé, Natán le platica la parábola de dos hombres, uno rico y otro pobre, en la que se narra como el rico para preparar el banquete que debía ofrecer a su huésped, le toma la única cabrita que tenía el pobre y la sacrifica en su provecho.

David reaccionó inmediatamente: “¡Ese hombre debe morir!” Y el profeta le pone el espejo frente a su cara cuando le dice: “tú eres ese hombre”.

La palabra del profeta desenmascara el pecado como iniquidad ahí donde siguiendo la lógica encubridora del poder y la prepotencia todo parecía normal. David confiesa su pecado y el Profeta lo reconforta con el perdón por parte de Dios.

II.- Diversas denominaciones de la realidad del pecado.

A veces nuestro mundo contemporáneo quiere marginar la palabra “pecado” y la sustituye por otros sinónimos, según la sicología se le llama error, equivocación, abuso, sobrepasar los límites, desfachatez, grosería.

De hecho, en las revistas semanales que recogen las confesiones extra-sacramentales, mucho usan describir esta situación de pecado como “estoy en crisis”. Todo ello tiende a una reducción del pecado, dejándole un residuo de complejo de culpa. En cambio en el orden de lo jurídico se habla del orden alterado, de la violación de la norma, de la trasgresión de la regla, del desprecio a la normatividad, alteración de costumbres y en el lenguaje más sofisticado de la sociología se recurre a términos como: conflictualidad, desviaciones, contradicciones, marginalidad, minorías extravagantes, etc.Es decir del reduccionismo del concepto de pecado, a una alteración o disfunción de las relaciones entre personas, o entre una persona y su grupo, que obviamente afecta a la sociedad total negativamente.

Este reduccionismo psicológico o social, no describe bien que el ser humano al ser creado tiene una misión, una vocación y un compromiso hacia sí mismo: Para que el rostro de Cristo que cada uno tiene impreso en el corazón por el carácter o sello del Bautismo, emerja, se descubra se perciba mejor.

Pues contra la deformación farisea, legalística o sociológica se opone Jesús en el Evangelio y Pablo en la carta a los Gálatas. Que no se reduzca el pecado a un problema de trasgresión y en ese caso basta reparar el mal o lograr un nuevo equilibrio, que excluye la relación afectuosa y filial, en el marco del amor con Dios.

III.- Gratitud y amor

La confrontación con los fariseos que atacan a Jesús, así como los judaizantes que agreden a Pablo, se basa en este punto. En el que Jesús y Pablo dan las perspectivas religiosas.

Es Dios quien tiene la iniciativa gratuita para que el ser humano incapaz de hacerlo por sus propias fuerzas, establezca una relación nueva y vital con Él. Y esta nueva relación no se reduce a lo que se debe hacer o no se puede hacer, sino que surge como consecuencia de una relación de amor, que compromete la totalidad de la persona.

Por ello al final del diálogo, Jesús establece una relación recíproca, íntima y dinámica entre amor y perdón.

Es tanto el arrepentimiento sincero que suscita el amor que pide ser perdonado, como el amor acogedor y benevolente que hace posible el restablecimiento de la dinámica del amor a través del perdón.

Así se muestra en este pasaje evangélico a Dios, que da acogida, rehabilita, restituye y salva a la persona pecadora.

En la profundidad del pecado más allá de los aspectos moral, psicológico, sociológico, legal, está la relación con Dios.

Así lo reconoció David: “He despreciado la palabra del Señor (2Sam 12,9); y lo mismo Pablo, que comprendió sus pecados delante del rostro de Cristo crucificado.

Simón el fariseo, creía de ser hombre religioso irreprensible hasta que la Palabra y los signos de Jesús, no le hicieron comprender la profundidad y amplitud del amor. El itinerario que nos hace descubrir el peso del pecado, es por medio de la fe que se ha revelado como Dios viviente, padre amoroso que aprendemos a comprender en el rostro de la misericordia de Cristo crucificado.

Conclusiones:

1) Es muy bello este pasaje en el que Cristo se compromete en la defensa de la mujer; la defiende, le da significado y valor al signo y además nos deja un criterio muy hermoso de su perdón: “Sus pecados que son muchos le han quedado perdonados porque ha amado mucho”.

2) La búsqueda de una promoción integral de la mujer es vana e hipócrita si no tiene el valor de denunciar la idolatría del cuerpo femenino. Pues los medios de comunicación y la propaganda instrumentalizan el cuerpo de la mujer.

La mujer viene reducida a cuerpo, erotismo y sexo; sin una dignidad e identidad personal, y sin una autodeterminación social y vocación trascendente.

3) Debemos luchar contra esta nueva forma de esclavitud y alienación, quitar la máscara del dominio y explotación velada por la diversión y la fiesta.

4) Debemos ser en la doctrina tan firmes como humildes para señalar el mal, el pecado y todas sus manifestaciones y al mismo tiempo ser misericordiosos con el signo del perdón.

5) El pecado es el vacío del verdadero amor, el pecado es pobreza de amor; el perdón es riqueza de amor, es generosidad de amor.

6) El perdón surge del amor que se renueva, por ello la Confesión es un sacramento tan importante, que no se puede reducir a un encuentro para obtener un consejo o una ocasión para “bajar la presión”, “relajarse” o el equivalente a una sesión de psicoanálisis.

San Ambrosio dice que “existen dos conversiones en la Iglesia: el agua y las lágrimas, el agua del Bautismo, las lágrimas de la Penitencia”. (Ep 41,12)

7) El pecado es ofensa a Dios, ruptura de comunión con Él, y rotura con la Iglesia. La conversión comporta el perdón de Dios y la Reconciliación con la Iglesia, que es lo que se obtiene con el Sacramento de la Confesión.

8) “La penitencia mueve al pecador a asumir voluntariamente: en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra humildad y fructuosa satisfacción”. (CCC 1450)

Deseo compartir con ustedes esta página de ese genial escritor Paul Claudel:

“¡Es cierto que tus santos lo han realizado todo, pero a mí me quedan mis pecados!”.

Cuándo estaré sobre mi lecho de muerte, demacrado sin rasurar, cuando repase mi vida y haga mi examen general. ¡Soy rico! Y aunque parezca raro, me queda todo lo que hecho de mal.

Si necesitas Vírgenes, si necesitas valientes que militen bajo tus estandartes, ahí tienes a Domingo y Francisco, a San Lorenzo y Santa Cecilia.

Pero si por casualidad tuvieras necesidad de un flojo y de un imbécil, si necesitas un orgulloso y pasalón, si necesitas un ingrato y un impuro, un hombre que tenga el corazón cerrado y que su rostro sea duro. 

Y recuerdo bien, que no es a los justos que viniste a salvar, sino a este tipo de personas; cuando te haga falta alguno de estos, tú bien sabes que cuentas siempre conmigo.

(Corona benignitatis anni Dei).

Amén.

Mérida, Yuc., a 16 de junio de 2013.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
  Arzobispo de Yucatán

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