11 de Diciembre de 2017

Yucatán

En familia crecemos en la fe: Arzobispo de Yucatán

Emilio Carlos Berlie Belaunzarán dirige un mensaje a los fieles de la Arquidiócesis que recuerda que hay que abrir las puertas a Dios.

Invitan a seguir el modelo de vida familiar basado en el amor y la fe. (Milenio Novedades)
Invitan a seguir el modelo de vida familiar basado en el amor y la fe. (Milenio Novedades)
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Milenio Novedades
MÉRIDA, Yuc.- En vísperas de año nuevo, el Arzobispo Emilio Carlos Berlie Belaunzarán dirigió un mensaje a todos los fieles de la Arquidiócesis de Yucatán que a la letra dice:

En el contexto de la Navidad y en el Año de la Fe, la Iglesia nos propone celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret con la finalidad de encontrar en ella un modelo de vida familiar, basado en el amor y la fe.

Las enseñanzas que el Papa Benedicto XV ha compartido con la Iglesia en la preparación y celebración del nacimiento del Señor van en el sentido de volver a Dios mediante un camino de conversión. “El nacimiento de Cristo nos desafía a pensar de nuevo nuestras prioridades, nuestros valores, nuestro mismo modo de vivir. Y mientras la Navidad es, sin duda, un tiempo de alegría grande es también una ocasión de profunda reflexión, un examen de conciencia…volver a Dios”, (Cd. Vaticano 20 diciembre).

El Santo Padre, en su homilía de nochebuena, nos previene sobre la tentación actual de no abrir nuestra “casa”, vida y persona, al Señor, que como en el pasaje del nacimiento José y María tampoco encontraron sitio para ellos en la posada, así hoy, podemos preguntarnos ¿Tenemos un puesto para Dios cuando Él trata de entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para Él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos? Tenemos tiempo para tantas cosas pero no tenemos tiempo para Dios.

Esta actitud, queridos hermanos, es el comienzo de nuestros males: pleitos, tristezas y malas decisiones que hacen como obscura y vacía nuestra vida. Nos “llenamos de nosotros mismos” de modo que ya no queda espacio para Dios.

Recordemos que si no hay sitio para Dios, tampoco lo hay para los otros (esposa, esposo, hijos, enfermos, pobres, etc.) ni para las valores de vida (como el amor, la generosidad, la entrega y la búsqueda de lo que bueno y lo santo), ni para nuestros sentimientos y deseos. No hay fe ni esperanza. El hombre pagado de sí mismo cree no necesitar de Dios.

Por ello, el apóstol Pablo nos invita a no seguir la corriente del mundo en el que vivimos y nos exhorta “transfórmense por la renovación de su mente, así sabrán ver cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que agrada, lo que es perfecto” (Rm 12,2).

Pablo habla de renovación, de abrir nuestro intelecto; habla, en general, del modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos. La conversión que necesitamos debe llegar verdaderamente hasta las profundidades de nosotros mismos y de nuestra relación con la realidad.

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