19 de Junio de 2018

Opinión

Familia: ¿escuela de valores o de antivalores?

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En un pueblo cada vez más convulsionado por el incremento en los índices de violencia, es preciso recordar que existe un bastión en el que todos hemos idealizado el sitio para el disfrute de la paz, la concordia y el amor bien entendido y ese no es otro que nuestro hogar: la familia.

El pasado 23 de febrero rendí el Informe Anual de Actividades al frente de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Yucatán, ante la soberanía del H. Congreso del Estado; entre otras cosas, insistí en la necesidad de que padres y madres de familia tomemos verdadera conciencia respecto a lo que estamos haciendo con la educación de nuestros hijos e hijas.

Reconozcamos que prevenir, combatir y erradicar el fenómeno de la violencia es tarea de toda la sociedad. La violencia debe ser erradicada empezando en el ámbito familiar.

Padres y madres somos, para nuestros vástagos, el ejemplo a seguir, tanto si actuamos bien como si les damos ejemplos negativos: deseamos que se alejen de la violencia y respondemos violentamente ante alguna actitud negativa de éstos. Les pedimos que se alejen de vicios, alcoholismo, tabaquismo, etc., y no soltamos la copa o el cigarro.

Nos preocupamos más por ganar dinero para aliviarles sus necesidades materiales y nos olvidamos de la sana convivencia y dejamos cada vez más la educación de “reyes y reinas del hogar”, en manos de terceras personas, incluido internet, que si bien es una magnífica fuente para educar, no alecciona precisamente en la paz y la convivencia armónica.

En el hogar está la mejor escuela de la educación informal. La formal es la que se recibe en las instituciones académicas.

La familia es el ámbito de socialización más importante, donde aprendemos nuestros derechos como el uso de la libertad, pero también aprendemos nuestras responsabilidades, como escuchar, compartir, respetar, ayudar y convivir.

Si queremos una mejor sociedad, la tarea educativa de la familia debe extenderse más allá de los límites de la propia casa, romper con el individualismo para reconocer que vivimos uno junto a otro, que no hay gustos buenos ni malos, sino sólo diferentes y que todos somos dignos de respeto.

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