25 de Septiembre de 2018

Opinión

Historia de un encuentro imposible (I)

Leo una nota que anuncia la presentación de la biografía de Gabriel García Márquez...

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Leo una nota que anuncia la presentación de la biografía de Gabriel García Márquez, escrita por Gerald Martin. Era octubre del 2009. Sin pensarlo tanto llamo a Bellas Artes. Nadie al otro lado del teléfono sabe nada, pero intuyo que el escritor colombiano estará ahí. En la cena le anuncio a mis padres mis intenciones. Me voy al DF. Mi papá no dice nada, se queda pensativo, la misma expresión pondría cuando, años después, le dijera que me iba por varios meses. ¿Y por qué te vas?, finalmente pregunta. Entonces, le enseño la nota en la que aparece la cara de Gabo.

He escuchado bastantes historias de personas que se van a conciertos un fin de semana, pues bien, yo me iba a la presentación de un libro que era todo un acontecimiento para mí. Aunque no conocí a ningún colombiano, salvo el recepcionista del hotel en el que me hospedé con mi madre, mi consuelo fue hacerle la pregunta a Gerald Martin: ¿qué personaje eres de Cien años de soledad? Luego él me la devolvió para quedarse con cara de espanto al saber mi respuesta. Soy Amaranta.

Quizá lo más memorable fue viajar con mi mamá. Anécdotas chuscas nos reservamos hasta el regreso a Tabasco, que sólo tras varios días y en la confianza de la cama compartida revelamos a mi hermano: “Cargábamos bolsas de pan para tres meses”, “Lupe, tú le llevabas un pastel a un maestro”, “fuimos a unapanadería en la calle 16 de Septiembre y de repente vemos la hora, había que regresarnos rapidísimo al hotel”, “y que nos vamos cayendo frente a la plaza del sexo porque un señor estaba lavando la banqueta”, “todos se nos quedaron viendo y mi mamá gritó: ¡levánteme!”. “¡De verdad, así se llamaba la plaza!”.

Pese a que debíamos tomar el avión en la tarde, la mañana fue muy larga. Agradecida por la lentitud con que pasaban las horas, pude esperar a que abrieran la librería Juan José Arreola, a las 10 de la mañana, y todavía tomarme un tiempo considerable apreciando las cubiertas de los libros que ahora son usuales para mis ojos, pero que antes sólo los periódicos y uno que otro ejemplar que llegaba por correo cubría esa necesidad.

En uno de los estantes hallé el único libro que conocía de José Emilio Pacheco. Lo terminé en dos días, en el patio de mi casa en compañía de mi perro. “Las batallas en el desierto” había sido una obra incompleta hasta ese viaje, ya que en el libro de texto de la preparatoria venía un fragmento de una ya de por sí breve novela (Continuará).

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