20 de Septiembre de 2018

Yucatán

Homilía: Dios se hace encontrar por corazones que ven y escuchan

Las palabras de Jesús reivindican una autoridad que va mucho más allá de su ambiente de educación y formación.

Sí se puede pedir a Dios un milagro, pero no exigir. La fe no es un negocio, una apuesta o un contrato. Es un don, un regalo, una benevolencia de Dios.  (SIPSE)
Sí se puede pedir a Dios un milagro, pero no exigir. La fe no es un negocio, una apuesta o un contrato. Es un don, un regalo, una benevolencia de Dios. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- IV Domingo Ordinario

Jer. 1, 4-5. 17-19; Sal. 70; I Cor. 12, 31-13, 13; Lc. 4, 21-30

I.- Introducción

El Evangelio de hoy sigue la narración del domingo anterior; mientras aquella ponía el acento en la misión profética de Jesús, en esta segunda parte emerge la “suerte” que le toca al profeta, reflejando así la lectura de Jeremías: una persona que incomoda a todos y que sin embargo Dios está con él y lo salva.

II.- Rechazan al “hijo de José”

Jesús anuncia el hoy de Dios (Lc. 4,21). Al principio se quedan admirados de su sabiduría, palabras de gracia que salían de sus labios, pero luego en vez de caminar hacia la maduración de la fe, se escandalizan sus paisanos y contemporáneos y lo rechazan. ¿Por qué razones?

¿No es éste el hijo de José? (Lc. 4,22), se preguntan entre ellos, porque Jesús era conocido en un contexto de “vida ordinaria” y de pronto se atribuye a sí mismo una misión extraordinaria.

Los que lo escuchan no logran en sus mentes armonizar la autoridad y ciencia que muestra tener delante de todos, con las condiciones sociales y familiares, humildes y normales, como habitualmente lo conocen. Por ello, se muestran reacios para aceptar lo extraordinario en uno que usa vestidos pobres y se le trata en el contexto cotidiano.

Las palabras de Jesús reivindican una autoridad que va mucho más allá de su ambiente de educación y formación; ya que su sabiduría y el anuncio que revela el designio de Dios, comportan y postula la adhesión de fe.

Esta imagen “paisana” de Jesús, era muy sencilla e irrelevante, para sostener la misión de la altura que quiere atribuirse, preconcebida por el pueblo como de triunfo, gloria y éxito.

Esto se da en todas las comunidades, cuesta trabajo pensar en que el vecino o el que vive enfrente, resulte de pronto un personaje, apreciado, estimado, valorado como que es un implícito juicio en contra de los que viven a su lado; o la envidia, el egoísmo, la mezquindad, latentes en tantos corazones…

De tal manera que lo diverso, lo que triunfa, lo que tiene otros horizontes, lo que asume un liderazgo, lo que transciende, se tiende a opacar, criticar, minimizar, despreciar.

III.- Las pretensiones humanas y el don de Dios

¡Sus paisanos querían milagros! Querían ver esos prodigios realizados en Cafarnaum. Pretendían un trato privilegiado que superara ahí lo que se oía decir que él, en otras partes, había realizado. Que es siempre la filosofía popular y simplista del fenómeno conocido como “localismo”.

En realidad, es un fenómeno que vive todo Israel. La Teología de “la elección” había creado en ellos la convicción de una prioridad, que se deslizaba fácilmente hacia la exclusividad.

Lo que Dios había regalado como un don, ellos lo habían transformado en un derecho. No era tanto “mi pueblo”, sino el pueblo que dice “mi Dios”; y esta reivindicación podía degenerar en arrogancia y exclusividad.

Los dos ejemplos que pone Jesús cuyos beneficiarios son paganos, aún en los momentos de necesidad, Israel no puede argüir derechos y manda sus profetas ahí donde su intervención es acogida con humildad como un don.

Lo mismo hizo Jesús con sus paisanos de Nazaret. Por ello se afirma el primado de la fe. Dios se hace encontrar por quien lo busca, por el que tiene deseos de verlo, por el que ora, el que tiene un corazón que escucha.

“Dios habla claro, pero quedo”

Es el camino ordinario hacia el Padre, su misericordia y benevolencia, la gratuidad, que se revelan en contacto con la humilde acogida en el corazón: “María porque creyó, engendró” (S. Agustín).

Sí se puede pedir a Dios un milagro, pero no exigir. La fe no es un negocio, una apuesta o un contrato. Es un don, un regalo, una benevolencia de Dios.

Dios eligió a Israel para recibir la primacía de la Revelación, pero ahí donde la Palabra de Dios se fue revelando y tuvo su primera resonancia humana; ese amor de Dios a este pueblo que permanece libre, puede fenecer si se intenta capturarlo.

Jesús recalca a sus paisanos el pecado de todo el pueblo de Israel, pero para ellos es muy duro escucharlo y por ello reaccionan con violencia.

Es el primer acto de una historia de la que ya conocemos la conclusión en el Calvario. Lo conducen “fuera de la ciudad”, hacia una colina… Jesús se dejó llevar, para hacer más claro aún el signo que quería prefigurar y luego, en un determinado momento vuelve a tomar las riendas de la historia, modifica la situación y se va pasando “por en medio de Ellos” (Lc. 4,30).

Él está iniciando el camino que lo conducirá a la ciudad santa “porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc. 13,33).

Todo el Evangelio de Lucas está organizado, de manera que en Jesús su vida pública hace una peregrinación con destino a Jerusalén.

IV.- El Señor custodia y salva al profeta

Es notable como Jesús se pudo ir de entre aquella turba y tumulto de paisanos, como si estuviera custodiado.

Y no se salvó escapando, sino “pasando en medio de ellos”. Para hacer comprender el misterio de amor y misericordia que son siempre los designios de Dios.

Por eso el Señor le hace comprender al profeta que su labor no es fruto de un voluntarismo humano, sino que es enviado obedeciendo a un proyecto de amor que Él custodia.

Y por ello le dice: “Desde antes de formarte en el seno materno te conozco… Te consagré como profeta de las naciones…” (Jer. 1,2-5).

Por ello el Señor no lo abandonará: “No temas, no titubees delante de ellos…

No podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte” (Jer. 1,17-19).

Estas palabras dirigidas al profeta tienen mucho para enseñar en el camino de la fe del cristiano. La persona deberá por ello conservarse siempre alerta, con la actitud del peregrino, que todo lo tiene prestado y en administración, con un corazón humilde para aceptarlo todo como gracia y como don, y atento para escuchar a Dios e interpretar su acción y designios, en los “signos de los tiempos”. (Beato S.S. Juan XXIII).

Por ello repetirá como hoy lo hemos hecho en el Salmo:

“Señor, tú eres mi esperanza…

Desde mi juventud en ti confío.

Desde que estabas en el seno de mi madre,

yo me apoyaba en ti y tú me sostenías… (Sal. 70).

En la segunda lectura, San Pablo nos recuerda que el amor, es la virtud que genera una constelación de virtudes y al final se muestra como la más grande de todas.

El amor deberá ser siempre como el de Cristo en la Cruz. Un palo vertical, para indicar el amor a Dios, un palo horizontal para indicar el amor al prójimo y estar dispuesto como Jesús a dejarse crucificar, para vivir en totalidad ambas dimensiones.

V.- Conclusiones

1. Toda vocación tiene sus retos, sus tiempos, sus espacios, sus lugares, Dios lo recuerda en la primera lectura. Por ello, las palabras del gran poeta francés Charles Péguy son tan profundas: “Lo fácil es desesperarse, lo difícil es esperar”.

2. El camino de esperar es siempre duro, abrupto, retador y difícil, pero fructuoso cuando se vive en la esperanza.

3. Jeremías era “palabra en nombre de Dios”, Cristo, en cambio, es Palabra del Padre. Y los ministros de la Iglesia, como dice San Pablo: “Así que somos embajadores de Cristo, lo cual es como si Dios mismo les rogara a ustedes por medio de nosotros” (2 Cor. 5,20).

4. Todos los cristianos hemos sido bautizados, ahí recibimos los tres carismas fundamentales: sacerdotal, profético, real; debemos por lo tanto ser luz del mundo, iluminar a los que caminan con nosotros.

5. Lo que más ilumina la propia vida y la de los demás es el amor. “Nadie tiene un amor más grande que el que da su vida”: La Cruz es el signo más grande del amor y del perdón, del sí dado al pecador y del no dado al pecado.

6. En el amor sólo se ve bien y se comprende: “A la luz, de la Cruz, de Jesús”.

A ser profetas del amor, de la caridad de Cristo, de la esperanza que se fía y confía en su Palabra, nos invita cada celebración de la Eucaristía: Ahora tenemos estas tres virtudes: “La fe, la esperanza, el amor; pero el amor es la mayor de las tres” (2Cor. 13,13).

Amén.

Mérida, Yuc., a 3 de febrero de 2013.

 

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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