18 de Septiembre de 2018

Yucatán

 / Navidad

Homilía: Dios nos da un gran regalo esta noche

'¡Hoy ha nacido el Salvador que es Cristo el Señor!' La gran noticia que da paz al corazón del hombre y revela la gloria de Dios.

La presencia de Cristo marca la historia, divide el tiempo, se convierte en punto de referencia universal. (Agencias)
La presencia de Cristo marca la historia, divide el tiempo, se convierte en punto de referencia universal. (Agencias)
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MÉRIDA, Yuc.- Is 9, 1-3. 5-6; Sal. 95; Tit 2,11-14; Lc 2,1-14

“Contemplar al Niño, es comprometerse con el hermano”

La liturgia de hoy inicia con la invitación al gozo, a la dicha, estamos invitados a celebrar la Buena noticia, con gozo y exultación en el exterior, la plenitud del tiempo en el corazón, pues nos llega el anuncio:

“Ha nacido el Salvador del mundo, y la verdadera paz ha bajado del cielo”

Dios nos da un gran regalo esta noche:

El Padre nos da a su Hijo, y con Él nos da la plenitud del primer fruto mesiánico que son el gozo y la paz.

Hemos recibido más de lo que pudiéramos haber imaginado. Son tres las principales dimensiones: La Profecía, el acontecimiento histórico y síntesis teológica de este acontecimiento de Salvación, Isaías, Pablo y San Lucas presentan las tres fases sucesivas del misterio de la Navidad.

I.- El anuncio profético de Isaías

En esta primera lectura el profeta se refiere a una situación histórica precisa que después se toma como símbolo para toda la humanidad.

El pueblo fiel había sido derrotado y deportado (732 a. de C.) para el profeta en esta noche oscura de dolor, incertidumbre ante el futuro y crecimiento de la angustia surge un rayo de esperanza: ya que el Señor visitará a los oprimidos, los libertará y establecerá a su pueblo en la paz.

La oscuridad de la noche será iluminada por una grande luz. Por ello el profeta Isaías, con una mirada en el horizonte del futuro preanuncia el nacimiento del niño profetizado, dando cumplimiento así a todas las promesas del Dios de Israel.

Los títulos que se le atribuyen en este escrito no pueden referirse a una persona ordinaria: Consejero - Dios - Padre - Príncipe, y cada título se asocia a un adjetivo que eleva a este personaje al rango de lo divino.

Sólo cuando estos adjetivos se refieren a Cristo, el oráculo recibe toda la plenitud de significado. Esta aspiración, ilusión, ansia, se realiza la noche de Navidad cuando la esperanza que había aguardado por siglos se vuelve realidad en el pesebre de Belén; y de manera sorpresiva pues nunca nadie hubiere imaginado que el poder del Todopoderoso manifestara en la fragilidad de un niño pobre.

El profeta describe a Dios inmerso en la historia de su pueblo y lo interpreta con los sentimientos que el amante tiene hacia su amada.

Sentimientos de un amor misericordioso y tierno que guía a su pueblo al éxodo de Egipto (Ex 34, 14) por los caminos humillantes del oriente al exilio de Babilonia (Os 13, 8) o también a encontrar a María y José escondidos en una pobre gruta, que sirve de establo a los animales y ahí es donde se manifiesta la grandeza en la humildad, de ese niño que nace en lo escondido del pesebre y que viene a invitarnos a todos, para iniciar un diálogo. Dios –humanidad, que se extienda a todos los pueblos, como Sofonías había predicho. (Sof 1,18)   

II.- Cristo, nuestra luz y nuestra paz

Vemos como Lucas narra el ingreso de Jesús en la historia humana: “Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada”. (Lc 2, 6-7)

Vemos como el acontecimiento más grande la historia es narrado con las palabras y en la forma más sencilla.

César quiso hacer el censo para poder vanagloriarse de los seres humanos sobre los que tenía dominio el imperio; y así sucede que el Hijo de Dios, al nacer de María y con su padre legal José el carpintero de Nazareth, se vincula a los esquemas jurídicos de la humanidad, y viene censado por un imperio profano de este mundo, confirmando así la veracidad histórica de su presencia.

La hospedería -lugar para los viajeros- no tuvo lugar para aquel que había emprendido su viaje hacia el hombre.

Por ello termina en la cueva de Belén, lugar de resguardo y alimento para los animales. Un lugar humilde para un Dios gratuito.

También José fue de Nazareth a Belén... de la “ciudad de las flores”, a la “casa del pan”; Nazareth había cumplido la profecía y dado su flor, “florecerá el tronco de Jesse”, ahora toca a Belén cumplir su misión; después de la flor viene el fruto, es bello pensar que nace Jesús aquí, él que será alimento y pan para saciar la sed de Dios que toda persona lleva en lo más profundo de su ser.

Por ello los ángeles anuncian: “¡Hoy ha nacido el Salvador que es Cristo el Señor!” La gran noticia que da paz al corazón del hombre, y revela la gloria de Dios.

Hoy surge y resplandece el “Hoy de Dios”, que fue contemplado con esperanza por tantas generaciones, y que constituye ésa perennidad presente del Señor, en la persona de Jesús.

La presencia de Cristo marca la historia, divide el tiempo, se convierte en punto de referencia universal. Cada momento del tiempo se convierte en el hoy de Dios, y la vocación a la eternidad de la persona humana.

Esta verdad tan profunda va unida al himno de alabanza: “¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor!”

Es el día de la manifestación de la gloria del Señor, es el día del don de la paz para los seres humanos.

La soledad de cada persona se ve colmada de la plenitud de la misericordia de Dios, en la presencia de Jesús. Como bien decía Pieter van Der Meer uno de los grandes convertidos del siglo XX: “Desde que conocí a Jesucristo jamás me he vuelto a sentir solo”.

La pobreza del ser humano, se colma con la benevolencia de Dios; el silencio del tiempo tiene en Jesús su Palabra definitiva; la noche de la historia es definitivamente iluminada por la luz que es Jesús.

La gloria de Dios en esta noche se transforma en la paz del corazón de cada persona, una paz cantada, proclamada y vivida, en la Liturgia de la Eucaristía y en la fiesta del hogar y la familia: ¡Ha nacido el Salvador, Cristo nuestra luz y nuestra paz!

III.- La oración ante Jesús, el servicio para el prójimo 

La gloria de Dios que se revela como paz para la persona; es camino de libertad, justicia, prosperidad, santidad, solidaridad fraterna, en el camino a la realización del Cristo total.

La nueva proposición es la de: “Renegar a la impiedad y de los deseos mundanos, vivir con sobriedad, justicia y piedad en este mundo”; y este mensaje es para todos los hombres, de todos los tiempos, de todas las latitudes”. Y este es el mensaje de un niño que nace pobre, en una cueva y en un establo, con sus papás pobres, sin recursos, sin soluciones fáciles.

Que grande mensaje para nosotros acostumbrados al teléfono, al internet, a las reservaciones, a los viajes planeados y todo pagado, comunicaciones, traslados, recursos, hacen contraste con el despojo, sobriedad, desprendimiento y humildad del mensaje de Jesús niño que nace en el pesebre de Belén.

Por ello esta noche debe tener un espacio de canto, de paz, de silencio, de contemplación, para que penetre el gran misterio de Jesús en el corazón.

Debemos aprender a arrodillarnos ante el Niño y decirle que abrimos de par en par nuestro corazón para escuchar el específico mensaje que Él quiere dar a cada uno. Y esto no lo encontraremos ni en el poder, ni en la ciencia, ni en la tecnología, ni en el dinero, sino solo en la interioridad del corazón que humilde quiere escuchar el mensaje de Belén.

Como bellamente nos dice San Bernardo dirigiéndose a la Virgen María: ¿Por qué tardas? ¿Por qué dudas? Cree, acepta y recibe. Que la humildad se revista de valor, la timidez de confianza... Abre Virgen Santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tú seno al Creador. Levántate, corre, abre; levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. ”¡He aquí –dice María- la sierva del Señor hágase en mí según Tu Palabra!”. (Hom 4, 8-9)

Vayamos pues sin tardanza a adorar al Niño Jesús que nace en Belén:

“Porque la bondad de Dios nuestro Salvador ha aparecido” (Tito 3,4).

¡Qué misterio más grandioso! Dios que se vuelve criatura y así se vuelve sensible al gozo y al dolor humano.

El infinito que se vuelve persona, historia, lugar, raza y tiempo. Asume nuestra fragilidad, se reviste de nuestra dependencia, nuestra debilidad se vuelve la suya, y asume el camino y destino de nuestra humanidad. En todo igual a nosotros, excepto en el pecado.

Concluyamos con la siguiente oración

Dios Todopoderoso, concédenos que, al vernos envueltos en la luz nueva de Tu Palabra hecha carne, hagamos resplandecer en nuestras obras, la fe que haces brillar en nuestra mente. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Mérida, Yuc., 25 de diciembre de 2013 

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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