25 de Septiembre de 2018

Yucatán

'La tentación es un desafío constante'

La fe se vive y está vinculada a la vida concreta y a la actitud de gratitud a Dios por los acontecimientos.

Dios es el Señor de la historia, Él es el único protagonista, nosotros somos actores. (SIPSE)
Dios es el Señor de la historia, Él es el único protagonista, nosotros somos actores. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- Primer Domingo de Cuaresma

Deut 26, 4-10; Sal 90; Rm 10, 8-13; S. Lc 4, 1-13

Introducción

Cuando queremos expresar nuestra fe recitamos las fórmulas que hemos aprendido desde pequeños. A la Virgen, al Ángel de la Guarda y a los Santos.

Ya en la Iglesia primitiva se profesaba una síntesis de la fe que es la que conocemos como la predicación Kerigmática, o sea de lo fundamental de la fe: Dios, Creador, Salvador, Señor de todo, y Padre nuestro, y la Iglesia que como Madre y Maestra engendra, educa en la fe.

Los judíos también tenían su “credo”, que estaba muy vinculado con los acontecimientos, tal como lo leemos hoy en el Deuteronomio.

I.- La Fe y los acontecimientos

La capacidad de agradecer a Dios es una buena medida de nuestra fe. Porque la fe se vive y está vinculada a la vida concreta y a la actitud de gratitud a Dios por los acontecimientos, a través de los cuales el Señor guía la historia, “nada es coincidencia todo es providencia”.

Cuando no nos aceptamos a nosotros mismos, cuando rechazamos los acontecimientos de nuestra vida – por difíciles, adversos o contradictorios que nos parezcan, así como cuando nos sentimos menos aceptados o valorados por los demás –, estamos acusando una falta de madurez en nuestra fe.

A veces lo que crea mayor ambigüedad es confundir la fe con las ideas y nos vinculamos a ellas, creemos en ellas, profesamos como una “simple fe” en ellas.

Y debemos siempre repetirnos, Dios es el Señor de la historia, Él es el único protagonista, nosotros somos actores, lo que cuenta es que sepamos representar bien el papel que nos toca actuar y que en ello tengamos la aprobación de Dios.

Hay un adagio que dice: uno cree valer más de lo que vale, muchos otros creen que uno vale menos de lo que vale, sólo Dios es quien te da el verdadero y justo valor de lo que vales.

Debemos tener la mirada de fe que nos aconseja S. Pablo: “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman”. (Rm. 8,28).

Todas las circunstancias, tanto las fáciles de leer e interpretar como una bendición: como son los éxitos, realizaciones, beneficios; así como las pruebas, dificultades, contradicciones, enfermedades, que nos cuestan más trabajo de comprender, aceptar y asimilar, todo es don de la misericordia de Dios.

Solemos decir: “se aprende más de los fracasos que de los éxitos”. Y el Apóstol Santiago nos recomienda:
“Ustedes deben tenerse por dichosos cuando se vean sometidos a pruebas de toda clase. Pues ya saben que cuando su fe es puesta a prueba, ustedes aprenden a soportar con fortaleza el sufrimiento, procuren que esa fortaleza los lleve a la perfección, a la madurez plena...”(Sant. 1,3).

Las pruebas son necesarias para la vida de todos. El que no ha vivido y superado pruebas y dificultades, no se convierte en adulto, no crece en la fe, permanece como un niño.

“Cuando ya el diablo no encontró otra forma de poner a prueba a Jesús, se alejó de Él por algún tiempo” (Lc. 3,14).

Las tentaciones de Jesús fueron: el hambre, el poder, y la manipulación de la religión.

II.- La tentación del hambre

A Jesús “El Espíritu lo llevó al desierto. Allí estuvo cuarenta días, y el diablo lo puso a prueba. No comió nada durante estos días, así que después sintió hambre, el diablo entonces le dijo:

- Si de veras eres el Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan.

- Jesús le contestó no sólo de pan vivirá el hombre” (S. Lc. 4,3).

El Señor nos enseñó a pedir en el Padre nuestro, el pan de cada día, pero no la acumulación. La tentación es esta.
Lo mismo sucedía con los que en el desierto querían acumular el maná, que debiera ser sólo para cada día (Ex. 16,17-21).

También nosotros apoyamos nuestras seguridades en lo que poseemos y acumulamos. Jesús nos educa con respecto a esto: “Cuídense de toda avaricia, porque la vida no depende de poseer muchas cosas...”; a un hombre rico que había acumulado mucha cosecha el Señor le dice: “Necio, esta misma noche perderás la vida y lo que tienes guardado ¿para quién será? Así le pasa al hombre que acumula riquezas para sí mismo, pero es pobre delante de Dios”. (Lc. 12, 16 ss.).

Nos preocupa el hambre en el mundo, y que bueno que seamos sensibles a ello; si bien, no estamos preocupados por el hambre y la sed que debiera haber de la Palabra de Dios.

“Vienen días -afirma el Señor- en los cuales mandaré hambre sobre la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino hambre de oír la Palabra de Dios...” (Amos. 8,11).

La Palabra de Dios es la que puede saciar las grandes interrogantes existenciales que lleva consigo cada persona.

Cuantas veces nos preguntamos por qué nuestros jóvenes se sienten insatisfechos, buscan tanto la diversión, recurren a sustitutos peligrosos y a satisfacciones riesgosas. Por qué a veces se dejan seducir por doctrinas extrañas, religiones orientales, “liberaciones” que crean dependencias, o estilos de vida comunitaria exigente bajo una religión extranjera, ¿por qué?

Porque no les damos un buen alimento espiritual, de la Palabra de Dios. Porque no satisfacemos sus dudas, no sabemos saciar “el hambre y sed de Dios”, que como nostalgia existencial vive siempre en lo más profundo del corazón humano, y porque no le damos ejemplos de compromiso y servicio coherentes con nuestra fe.

Sucede que recitamos el Credo de nuestra fe, pero luego nuestra vida contradice nuestra convicción de creyentes. Nos confesamos de cosas menores que hacemos mal y olvidamos confesar y arrepentirnos de nuestras verdaderas idolatrías.

III.- Tentación del poder

“Yo te daré éste poder y la grandeza de estos países... Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo” (Lc. 4,6).
Una vez un sabio papá le dijo a un joven: “descríbeme a una persona”, aquel joven empezó a valorar: inteligencia, memoria, voluntad, preparación, experiencia, familia, contexto social, bienestar económico, etc. Y una vez que hubo terminado la amplia lista de rubros el sabio papá le dijo: muy bien, todo ello es útil y conveniente, pero una persona se cualifica por la forma que usa el dinero y el poder.

Ya que ambos serán siempre el riesgo y la tentación de toda persona. Jesús fue exaltado, pero sobre la Cruz.

El poder que Dios da, debe ejercitarse sirviendo y muriendo a nosotros mismos, no dominando y manipulando.

Todo poder que desprecia, humilla, manipula, instrumentaliza, no viene de Dios, no se ejercita según Dios.
La autoridad debe ejercitarse como nos dice el Apóstol:

“Los que tienen la sabiduría que viene de Dios, llevan ante todo una vida pura, son pacíficos, bondadosos, pacientes. Son también comprensivos, compasivos, imparciales y sinceros, y hacen el bien. Los que procuran la paz siembran en paz para recoger como fruto la justicia”.  (Sant. 3-17).  (Recomiendo leer detenidamente todo el Capítulo 4 de la Epístola a los Efesios).

IV.- Manipulación de la religión

El diablo tienta a Jesús en lo más profundo de su experiencia, es decir su relación con Dios.

Nos parece muy natural que Dios favorezca nuestros proyectos ¿Cuántas veces nos hemos quejado con Él por no habernos secundado? Solemos hacer todas las cosas como si Dios no existiera, pero luego, cuando necesitamos que algo “nos resulte” “nos salga”, cuando buscamos afanosamente el éxito y no lo obtenemos le echamos la culpa a Dios.

Se nos olvida que somos nosotros servidores de Dios. “He aquí la sierva del Señor”, nos enseña la Virgen María (S. Lc. 1,38).

Es como si quisiéramos usar los milagros para convencer de la verdad que poseemos. Cuando se sirve a Dios es para que Él, en Jesucristo, sea conocido, amado, alabado, adorado; y servido en nuestros hermanos.

Cuando queremos usar la fuerza, el poder, las influencias para imponer el Evangelio, no servimos a la verdad. Pues Cristo siempre invita: “Si quieres”.

La tentación de manipular la religión, es decir el poder terreno que se adjudican ciertos personajes religiosos, es la astucia más sutil de Satanás, que con frecuencia nos tienta como lo hizo con Jesús, al sugerirnos usar la religión para mandar o manipular a las personas, e imponerles la propia verdad.

5.- Conclusiones

 

1) El demonio quiere desviar a Cristo del proyecto del Padre sugiriéndole no a la humillación, al anonadamiento, al amor, a la cruz, al sufrimiento, al despojo, al perdón; sí al éxito fácil, a la popularidad, a los signos impactantes, a los eventos espectaculares, al poder, la fuerza, la propaganda.

En las tres tentaciones de Jesús rechaza citando las Escrituras; confirmando de hacer tan sólo la voluntad del Padre.

2) La importancia que debemos dar a la sintonía entre: lo que creo (profeso) y lo que pienso, lo que quiero, lo que hablo, lo que hago.

3) Debemos alimentarnos del Pan de la Palabra. Leer, escuchar, estudiar la Biblia, sobretodo esta Cuaresma.
“¡Lámpara para mis pasos, es tu Palabra Señor!” (Sal. 119).

4) La Cuaresma es “tiempo de gracia”, invitación a la conversión del corazón, a rectificar nuestros proyectos ante el sagrario; a realizar lo que se debe, aunque sea con sacrificio, y a evitar lo que se debe, aunque sea con sacrificio.

5) Iluminados por la Palabra y con la fuerza del Espíritu iniciemos la Cuaresma, para: conocer, seguir, imitar e identificarnos con Cristo, cumpliendo la voluntad del Padre, en plenitud de entrega a nuestra vocación, al servicio de nuestros hermanos, construyendo una comunidad humana más justa.

La Virgen María, bendiga nuestro propósito y plegaria.  Amén.

Mérida, Yuc., a 17 de febrero de 2013.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán

  Arzobispo de Yucatán

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