21 de Septiembre de 2018

Opinión

Los hijos de los días

El Poder de la Pluma

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Contamos con una manera peculiar de narrar las cosas, no importando si se trata de un suceso cotidiano, de alguna noticia local o un evento mundial. Todo cuanto sale de nuestras bocas va disfrazado de nuestra subjetividad y de todos aquellos aprendizajes familiares y culturales que han ido moldeando nuestra perspectiva.

En este sentido, resulta natural pensar y considerar como cierto que la historia del mundo es cuestionable: ¿quién la contó?, ¿y los testigos? Un tema delicado para considerar. Tendríamos que estar más atentos a cómo recibimos la historia, pues nunca sabemos a dónde llegarán nuestras interpretaciones.

En Los hijos de los días (2011), novela del autor uruguayo Eduardo Galeano, nos situamos ante una nueva y refrescante manera de no solamente contar la historia del mundo, sino también de rescatarla.

¿En qué consiste este rescate? Dentro de la construcción de la novela, encontramos un tipo de calendario con trescientos sesenta y cinco fragmentos históricos elegidos y narrados a partir de la voz de Galeano. Uno por cada día del año.

¿Qué es lo que rescata el autor? La voz de los silenciados, las otras historias que no son contadas, los pequeños detalles que cambiaron rumbos y vidas, los datos curiosos cargados de un humor finísimo en el que nos vemos envueltos. Nos cuenta otra historia, una más enriquecedora; una historia que pudiera sentirse más cercana al corazón de cualquier humano y que al conocerla podemos adoptarla como cierta.

Se agradece la magistral manera que tiene el autor para atraparnos, para retener nuestra vista y entusiasmo a lo largo de unas páginas que vienen cargadas de años y años de vida. El tiempo no existe y los recuerdos van desde la actualidad hasta los primeros registros del hombre. Reímos, sentimos, nos entristecemos. No se trata de cómo han sido las cosas, sino de cómo hemos vivido para contarlas y extenderlas a otros.

Habría que igualar a Galeano y aprender a mirar a través de otros ojos mientras nos convencemos de que somos una historia cambiante, esa que se construye todos los días.

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