20 de Octubre de 2018

Opinión

El baile

Lejos de fluir entre pasos rítmicos que pudiesen llevar nuestros pensamientos hacia un lugar común con el título que hoy nos nombra.

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Lejos de fluir entre pasos rítmicos que pudiesen llevar nuestros pensamientos hacia un lugar común con el título que hoy nos nombra, invito a reconsiderar todos aquellos detalles que han buscado la manera de meterse entre nuestros nervios cuando hemos estado ante la expectativa de algo. Puede ser cualquier cosa, realmente. La espera es un móvil.

Entre letras e historias pasadas, encuentro guiños en forma de recuerdos que me hacen volver a considerar la presencia de temáticas que se repiten en historias. Por supuesto, lector, sabemos que, donde haya humanos, los sentires y saberes se tornarán más que familiares aun cuando la distancia temporal entre nosotros y las historias que leemos nos alejen.

El baile (1930), de la autora ucraniana Irene Némirovsky, trae consigo una invitación para que nuestros tonos musicales internos acompañen la siguiente historia: hay un ascenso social repentino y la familia Kampf se perfila como la novedad entre las clases altas de París; naturalmente la presión es demasiada. Antoinette, hija única en esta familia, tiene catorce años y el deseo ferviente de experimentar todo aquello que rodea su nueva vida: debutar en sociedad, ser vista más allá de su dinero y, claro, tener un amor.

Contrario a estos aires agradables, la manera despectiva en la que Antoinette es tratada por su madre hace que el curso de la historia se torne tan predecible como una venganza infantil. Lo delicioso, lector, es que la voz narrativa hace que nos quedemos a esperarla, la anticipamos e imaginamos como quien también busca vengar al otro.

Entre planeaciones para un baile, Antoinette detona la destrucción social que su madre buscaba rescatar mediante ese baile del cual se hablaría por meses. En venganza a los tratos recibidos, Antoinette arroja las invitaciones al río; ninguna invitación llegó a su destino. En la noche del baile, las horas pasan y la madre se va derrumbando conforme al paso del tiempo, la ausencia social y la falta de reconocimiento. Su hija aguarda mirándola, su venganza es deliciosa y sus penas han sido lavadas; quien baila en silencio es Antoinette.

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