21 de Octubre de 2018

Yucatán

La leyenda del maligno perro de cera

Se cuenta que en los montes de Belhalal, cerca de Uxmal, es imposible cazar venados porque hay un ser que los devora de antemano.

Según la leyenda, el perro de cera aún permanece enterrado cerca de Uxmal. (Jorge Moreno/SIPSE)
Según la leyenda, el perro de cera aún permanece enterrado cerca de Uxmal. (Jorge Moreno/SIPSE)
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Jorge Moreno/SIPSE
MÉRIDA, Yuc.- En los montes de Belhalal, cerca de las viejas paredes de Uxmal, existieron una vez frondosos árboles y tierra, buena para hacer milpa. Sin embargo, la gente nunca ha querido levantar allí su siembra porque se cuenta que en esos bosques habitan montículos que tienen vida. Uno de ellos se llama Mulitkak, y se asegura que en él está encerrado el perro de cera.

Dicen que el cerro está vivo porque sale el ladrido de un perro, el canto de un gallo y el gorgojeo de un guajolote. Todo está seco, como si tuviera fuego por dentro. Allí es imposible cazar un venado, sólo se puede matar si se le pone cera a la bala, porque dentro del cerro vive el perro de cera.

En ese entonces había muy pocos perros. La gente anhelaba poseer uno porque daba seguridad en los lugares que inspiran temor. Hasta la calavera de un perro alejaba a los malignos y les quitaba el temor a los hombres debido a que se afirmaba que el perro fue parido en la mismísima puerta del infierno, y ese lugar de la maldad se estremeció el día de su nacimiento.

En los viejos tiempos, Belhalal era un pueblo grande. Un grupo de labriegos decidió ir a hacer sus milpas cerca del cerro Mulitkak, pues era la tierra muy fértil. Uno de ellos, de nombre X-Batlis Chan, andando por el campo, encontró un enjambre de abejas del que cogió miel.

Perrito de cera

Con la cera hizo un perrito para que, aun siendo de cera, los acompañara a él y a sus amigos. Un día, este milpero se cortó la mano mientras tumbaba los árboles, puso una gota de sangre en el hocico del animalito de cera y vio que la tragaba. Desde entonces, todas las noches se cortaba la mano para darle de su sangre al can.

El perro empezó a crecer y a salir por las noches. También comenzó a ladrar. Cada amanecer dejaba un venado a la puerta de la casa de su amo, que había cazado para él.

Cuando creció más, el perro devoraba por su parte un venado todos los días. Pero, según fueron escaseando los venados, el perro se fue comiendo a los milperos; al observarlo el hombre dijo a sus compañeros: “¡Vámonos, huyamos o seremos aniquilados!”.

Salieron todos corriendo, y el animal aullaba cerca de ellos diciendo: “Espérenme, X-Batlis Chan es mi madre, X-Batlis Chan es mi padre. No corran. ¿Por qué corre X-Batlis Chan de su propia sangre? ¿No me la dio él noche tras noche?“

En el camino hallaron a un viejo, y el asustado campesino le dijo: “¡Ay, papito!, corre con nosotros porque nos viene persiguiendo el maligno. ” Pero el anciano respondió a X-Batlis Chan severamente: “Hijo del diablo ¿por qué huyes de tu compañero, hijo del diablo también? Hoy eres responsable de la muerte de los que fueron devorados. Detente y mira cómo atrapo a este compañero del maligno.”

Todos se detuvieron. El viejo se arrancó nueve pelos de la cabeza, los trenzó y formó un lazo con ellos. Luego se arrancó un cabello más y lo sembró en la tierra. Aquella hebra de pelo se convirtió en la planta del chichibeh. Amarró de ella el lazo y lo puso como trampa. Apareció corriendo el perro de cera, metió su cabeza en la cuerda y quedó lazado. Por eso el cabello de los viejos es resistente y la planta del chichibeh no puede arrancarse con facilidad.

El anciano dijo entonces a X-Batlis Chan: “Desata al perro del chichibeh y llévalo a recluir en el cerro Mulitkak. No tengas miedo.“

X-Batlis Chan desató al perro y se lo llevó. Al llegar a Mulitkak el cerro se abrió y allí quedaron aprisionados el perro de cera y X-Batlis Chan. Hasta hoy paga allí el hombre su culpa. Allá, dentro del calor del monte.

Hasta hoy, quien pretende cazar venados por esos lugares no puede. No encuentra al venado porque el perro de cera se lo come. Si se quiere cazar un venado por esos parajes, hay que ponerle cera a la bala.

Don Domingo Dzul, escritor de esta leyenda, finaliza diciendo que ahora, como antes, el hombre debe cuidarse, porque puede ser devorado por su propia perversidad.

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