23 de Octubre de 2018

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Ideas al frente

Debido a la herencia del antiguo régimen, caracterizado por un exacerbado sistema presidencialista...

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Debido a la herencia del antiguo régimen, caracterizado por un exacerbado sistema presidencialista, en la que el Estado, la nación, el gobierno y su historia se reinventaban de forma cíclica cada seis años, tendemos a pensar en el candidato presidencial casi como un enviado de la providencia. Después de tres sexenios, con alternancia, aunque sin transición, los actores políticos en el poder, ya sea que gobiernen algún estado o ciudad, o presidan algún partido, intentan construir su candidatura sin tomar en cuenta las elecciones y las lecciones de 1988 y del 2000.

El auditorio, el público, los ciudadanos se enteran de los mensajes políticos y quizás con algunos se sientan identificados, si bien también puede ser que algún otro les provoque rechazo. Pero, finalmente, se trata de elegir a alguien que nos represente. ¿Y qué pasa? A lo mejor las filias o las fobias no se construyen siquiera por el contenido político del mensaje, sino a veces por algo mucho más emocional; pero es indudable que en nuestro país conviven varios y muy diferentes Méxicos, independientemente de las características particulares de cada región, los climas tan variados, la lengua, las condiciones socioeconómicas y otros muchos factores que hacen que seamos un país plural.

Bajo esta tesitura, los mensajes políticos en cualquier medio de comunicación, están encaminados a atraer a un electorado lo más amplio posible. Así, quien habla, se dirige “al pueblo”, y lo hace asumiéndose como su defensor frente a los enemigos “del pueblo”, o bien se erige en el interlocutor entre “los de abajo y los de arriba”, aunque también se puede referir a los electores como ciudadanos, como paisanos, etcétera. Se puede apelar a cualquier representación; es decir, basta con que haya un representado y un aspirante a representante. Y el contenido del mensaje, como colofón, depende de quién lo escucha.

Estamos en los últimos meses de este sexenio, y cada semana —por decirlo de alguna manera— surgen “candidatos presidenciales”, sin embargo, estos nuevos candidatos, al igual que los que llevan años haciendo campaña, envían su mensaje como si la historia del país, debiera de ajustarse al guión diseñado por ellos. En algunos casos no buscan coincidencias políticas, es más, las evitan. Aceptar coincidencias con otros significaría asumir que una fuerza política es solo eso, no la única, sino una entre otras.

Por otro lado, están surgiendo ideas interesantes, como la de que es necesario acordar una estrategia común entre distintas fuerzas políticas, sin demagogia para —ahora sí— lograr una transición democrática, con nuevas instituciones, dejando atrás el presidencialismo exacerbado, apostándole a un gobierno de coalición, que se forme y establezca para acabar con el actual régimen y empezar a solucionar los problemas que hoy vivimos.

Debemos de acordar reglas mínimas para que la fuerza de los gobiernos de coalición sea la suma de todos los planteamientos de los actores sociales y políticos, y de quienes ellos representan; no basta un solo personaje, no solo un nombre o un hombre.

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