22 de Septiembre de 2018

Opinión

Chichén Itzá (1)

´'Me apena informarle que no hay ningún interés por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia en redecorar la pirámide principal, hoy conocida como “El Castillo”'.

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El sacerdote Machicuil transitó apurado los pasillos del Museo de la Cultura Maya, haciendo caso omiso del entramado de seguridad, hasta llegar al suntuoso salón principal. Estratégicamente ubicada en el centro del imponente recinto, en el interior de la cripta, realizada en vistosa piedra labrada, se encontró nuevamente frente a los restos de Kukutl Kinajau, poderoso “Halach Uinik” que gobernó la parte central de Yucatán en el apogeo de la civilización maya.

El espectro del poderoso monarca se incorporó penosamente. Recordó con nostalgia la prosperidad y avances  en construcción, agricultura y astronomía durante su grandioso reinado. De nuevo, con profunda indignación, vio reflejada su osamenta en el vidrio. Sin un hipil que le cubriera. En huesos, en la fastuosa tumba, indefenso, a merced de los estúpidos visitantes, escuchando sus procaces comentarios.

Machicuil asomó la nariz al pesado vidrio de protección que aislaba la cámara. No tuvo que esperar. 

-¡Otra vez tarde! -reclamó el monarca, apoyando la cadera contra el muro. Te estás pasando de la raya. Ahora te largaste un mes completo. Estoy ansioso por saber qué noticias me tienes de Chichén Itzá. Así que empieza, rapidito, que no tengo tu tiempo.

Machicuil suspiró.  Su señor perdía rápidamente la paciencia y no deseaba despertar su ira. Tragó saliva, y sin más dio comienzo a su exposición: −Extraordinario dirigente: realicé una amplia investigación por la zona arqueológica, tal y como fueron sus deseos. Me apena informarle que no hay ningún interés por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia en redecorar la pirámide principal, hoy conocida como “El Castillo”. Voy a obviarle los numerosos argumentos y las engorrosas explicaciones.

El punto es que han implementado una alternativa mediante un novedoso sistema llamado “mapping”, que consiste en proyectar vistosas imágenes sobre la construcción que rememoran la grandeza de su dinastía. Por cierto, es una pena que no tengan una imagen de su “Serenísima Grandeza” para exhibir, pero tomando en cuenta el estado que guarda actualmente su excelsa osamenta, es mejor dejarlo así.

−No quiero imaginarme el disgusto mi padre, el poderoso  Ahauob’, si hubiera descuidado por un momento la ornamentación del templo –reclamó airado Kukutl Kinajau… 

¡Vaya biem!

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