19 de Septiembre de 2018

Opinión

La industria de las armas

Todos los caminos del dinero sucio llevan a un mismo punto: la industria de las armas.

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Todos los caminos del dinero sucio llevan a un mismo punto: la industria de las armas.

Los presupuestos que ha presentado Trump al Congreso norteamericano privilegian la seguridad, interna y externa, lo cual significa un enorme incremento del gasto en armamento, ya nuclear, ya para proteger de la inmigración, además del muro, y un detrimento del gasto social. En la Unión Europea, los miedos causados por el terrorismo y la paranoia ante la llegada de inmigrantes han incrementado también los gastos oficiales en armamento.

Por el otro lado del espejo, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea, la venta de armas lleva muchas décadas como negocio principal a la hora de legislar hipócritamente, con la doble moral imperial de enviar cascos azules a las zonas de conflictos azuzados precisamente por los vendedores de armas.

En nuestros países latinoamericanos, la guerra contra el narco sostiene el súper mercado de la industria de las armas y tanto unos como otros se matan con sofisticados armamentos llegados de los Estados Unidos, ya sea cárteles contra cárteles, ejército contra narcos, policías contra civiles, narco júniors (nada más para probar quién los tiene más grandes) o guaruras de seguridad privada que a veces llegan a equivocarse y abaten a sus propios patrones.

Por su parte, los candidatos en campaña se niegan a hablar de regular las drogas más que por mocherías (aunque también por ello) para no tocar un aparato industrial que saben poderosísimo.

Y en un Wall Street, ya definitivamente desregulado por las reformas de Trump, se cotizan con nombres supuestos las millonarias acciones de la industria armamentística en paralelo con las criminales maniobras de la industria farmacéutica.

Incluso la perfidia innombrable de la esclavitud moderna está imbricada con la compra-venta de armas. No existirían esas mafias como hidras monstruosas que trafican con órganos de niñas, niños, mujeres y hombres, los prostituyen o explotan su trabajo en condiciones que recuerdan a los peores tiempos de los negreros, si no fueran conveniente, amplia y cínicamente abastecidas con armas incluso por organismos disfrazados.

Pero no sólo se juega la moral y la vida de las víctimas inmediatas. La industria de las armas en este siglo hace peligrar a la humanidad entera. Y esto no es una simple hipérbole.

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