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En la obra de Rulfo hace calor. La de Boris Pasternak produce frío. Pero en los cuentos de Felisberto Hernández parece que siempre es de madrugada. A veces cuando me siento harto de la luz lo leo con mucho ímpetu, pero sobre todo con ganas de encontrar un poco de sombra.

El uruguayo nos enseñó que Montevideo es un lugar oscuramente nostálgico, en el que habitan fantasmas tristes, mujeres deprimidas que navegan entre las aguas del sueño, escritores pianistas de dedos larguiruchos y cansados o vendedores de calcetines melómanos. Ese es el escenario de los mejores relatos de Felisberto. El mismo Uruguay al que pertenecieron los mal llamados autores inclasificables, Mario Levrero y Juan Carlos Onetti, dos grandes renovadores de la prosa latinoamericana (si es que existe algo parecido). El mismo Uruguay salvaje del que dejó testimonio Horacio Quiroga, aunque de él se ha hablado ya lo suficiente.

El único ejemplar que conservo es una copia fotostática de sus cuentos publicados por material de lectura de la UNAM, al que regreso cada vez que tengo ganas de sentirme un poco triste. Porque su obra es cualquier cosa menos feliz.

El chileno Alejandro Zambra dice que leer es taparse la cara y escribir es mostrarla, de la misma forma en que la muestra el escritor del cuento “Nadie encendía las lámparas” al que seguimos más por miedo que por placer.

“La casa inundada” es tal vez uno de los cuentos más antologados en español. El mismo Cortázar lo incluyó en su compilación de relatos favoritos y me causa la impresión de haber tomado de él los preceptos más básicos que formarían lo que ahora denominamos cortazariano.

A Felisberto hay que leerlo cuando el sonido de los autos en las calles se detiene y entra una música de árboles o de viento. Hay que leerlo cuando no es suficiente Borges, Lezama Lima, Macedonio Fernández. Hay que leerlo cuando las pesadillas de la vida cotidiana nos regalan el insomnio. A Felisberto Hernández hay que leerlo.

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