24 de Septiembre de 2018

Opinión

“Con la vara que midas...”

El poder de la pluma

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Existe un muy particular tipo de seres humanos en prácticamente todos los ámbitos: los criamos y cuidamos en forma de hijos, podemos convivir con ellos en forma de hermanos, en no pocas ocasiones nos toca verlos junto a nosotros como compañeros de clase, incluso como amigos o probablemente como pareja. Son aquellas personas que tienen la particularidad de encontrar siempre en los demás todo aquello que es negativo, desagradable o de plano fallido, prestos eternamente a encontrar el error o lo condenable en los demás, son particularmente críticos y exigentes, tan exigentes que en muchas ocasiones acaban demandando el cumplimiento de cosas que rayan en lo imposible.

Así vamos topándonos con ellos en ocasiones en alguna farmacia, en alguna ventanilla de atención al público en el gobierno en turno, como maestro infalible e inmisericorde en una universidad, en la forma de un médico tan exigente como incomprensivo, en la voz y las órdenes de algún superior que demanda resultados sin fundamento, incluso en la forma de un policía que, en lugar de buscar el bien de la comunidad, en realidad utiliza todas las leyes a su alcance para penalizar a los ciudadanos, y en miles de otras situaciones en las que parecería que la rigidez y la incomprensión son la norma de vida de quienes sólo viven demandando.
En verdad la exigencia es parte del perfeccionamiento del ser humano, así lo es tanto para el escritor como para el deportista y también para el párvulo que comienza a asistir a la escuela; debemos recordar que exigirnos es parte del camino por andar mientras nos vamos construyendo lentamente día a día, pero ello no nos otorga un permiso absoluto para caer en la incomprensión con nosotros mismos ni con quienes nos rodean; la exigencia infinita sólo engendrará fracaso y frustración también infinitos.

Tanto en la educación de nuestros hijos, como en la exigencia personal o en el mundo laboral, las metas poco exigentes producirán resultados intrascendentes, apáticos y poco satisfactorios; sin embargo, caer en la tentación de irnos sin freno hasta el otro extremo producirá desastrosos resultados, ya que cuando la meta es irracionalmente inalcanzable los sentimientos de frustración, derrota y fracaso serán el pan nuestro de cada uno de nuestros días. Es por ello que las metas, tanto para nosotros como para quienes nos rodean, deben ser demandantes pero lógicamente alcanzables, no sólo en cuanto al esfuerzo, sino a los recursos y el tiempo que la tarea nos demandará.

Un connotado psicopedagogo, Lev Vigotsky, ejemplificaba esta situación en el mundo educativo a través de lo que él denominó “la zona de desarrollo próximo”, asegurando que el educando se encuentra con un cierto conocimiento y habilidades y la labor del docente es llevarlo a un nivel que todavía no posee, para ello debe trazar una meta lógicamente alcanzable y trabajar en la construcción de un “andamiaje” que permita al alumno transitar de donde se encuentra a donde se pretende que llegue; esta zona en la que el estudiante debe desplazarse para lograr el objetivo es la zona de desarrollo próximo y es el área en la que el maestro debe apoyar con todos sus recursos el logro personal.

Esta es la actitud que cada uno de nosotros debe tener con respecto a los demás: brindar con nuestros recursos un “andamiaje” que permita a quienes nos rodean enfrentarse a los desafíos de su vida y lograr sus objetivos; sin embargo, muy poco de ello lograremos hacer, si vivimos empecinados en demandar infinita e incomprensiblemente resultados que a todas luces no es posible obtener en la forma y los tiempos que nuestra particular visión marca, olvidándonos que nosotros en circunstancias semejantes tampoco seríamos capaces de cumplir semejantes demandas.

La incomprensión y las exigencias absurdas sólo dañan la vida de quienes nos rodean, ya sea en el ámbito familiar, con los amigos o la pareja; esta actitud no nos brindará ningún buen resultado sea en la escuela, en un hospital, en las actividades artísticas o de gobierno, ni en las empresas o negocios; en realidad, en ninguno de los ámbitos de la actuación humana.

Esta es una posición ante la vida no sólo estéril sino peligrosa, porque, bien dice la Biblia: “Dios los juzgará del mismo modo que ustedes hayan juzgado y los medirá con la misma medida con la que hayan medido a los demás”, traducido en “con la vara que midas serás medido”.

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