18 de Septiembre de 2018

Opinión QRoo

La zanahoria y la supermujer

Hace unos días leía el libro “Madres Arrepentidas” en el que la autora, Orna Donath...

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Hace unos días leía el libro “Madres Arrepentidas” en el que la autora, Orna Donath, recopila fuertes testimonios de mujeres que confiesan, en anonimato, el desencanto, la frustración y el arrepentimiento que para ellas ha significado tener y criar hijos.

Como era de esperarse, en nuestra cultura donde la maternidad es vista a nivel de culto, el libro ha causado fuertes controversias desde su lanzamiento el año pasado, desde padres y madres indignados calificando a las confesas de monstruos sin corazón, hasta el alivio que muchos dijeron sentir al saber que no son los únicos que desearían volver el tiempo atrás y tomar diferentes decisiones.

Sin embargo, este conflicto, que a puerta cerrada parece ser más común de lo que muchos se atreverían a admitir, es parte de un problema mucho mayor: Las expectativas irreales y las mentiras mediáticas que día a día viven las mujeres.

Hoy por hoy, se espera que la mujer sea una supermujer. Debe “casarse bien”, ser una madre excelente, paciente y nunca enojarse, y mucho menos quejarse de sus hijos en ningún sentido. Debe ser una esposa complaciente y comprensiva, y por supuesto, excelente cocinera. Que ni se le ocurra aficionarse a comprar comida hecha, porque será juzgada por no nutrir bien a sus vástagos.

Además, debe salir a trabajar o será tachada de mediocre y floja, porque quedarse en casa y dedicarse al hogar como en la época de las abuelas, es mal visto. La mujer de hoy debe trabajar fuera de su casa, y dentro de ella. Atender a sus hijos, irse a trabajar, y llegar en la noche a seguir trabajando: ayudar a los niños con las tareas, cocinar la cena, atender al esposo, lavar, planchar, y preparar todo lo del día siguiente. Y de buena manera, por supuesto.

Y por si fuera poco, vive engañada. Algunos medios y la publicidad tienen mucho cuidado de nunca mencionar el lado difícil de la maternidad. Le dicen que ser madre y esposa es su destino, su única razón de ser y por lo tanto su felicidad. El único proyecto de vida que le brindará una fuente inextinguible de satisfacciones y alegrías.

No es de sorprenderse entonces que en medio de tantas exigencias y absurdas expectativas, muchas mujeres terminen decepcionadas cuando su realidad no es lo que esperaban.

Y como la cereza del pastel, las mujeres aprenden a tener miedo a envejecer. Una buena mujer debe cuidarse y verse bien, por supuesto. Hacer ejercicio, manicure, el tinte, el corte, las cremas y los tratamientos. Que no se atreva a descuidarse porque será la culpable de que el marido busque en otro lado “lo que no tiene en casa”.

No es un secreto para nadie que mientras un hombre de 50 o 60 años puede ser visto como “de mundo” o interesante, una mujer de la misma edad está “acabada”. Este doble estándar lleva a las mujeres, tal y como la liebre que persigue la zanahoria que jamás alcanzará, a buscar incesantemente el “Santo Grial” de la eterna juventud.

Fomentar esa perpetua insatisfacción y falta de autoaceptación es la mina de oro de la publicidad de miles de marcas. Usan un doble discurso, al decirle a las mujeres que deben amarse a sí mismas, con anuncios y slogans motivadores del tipo “belleza real”, mientras que envían el mensaje “compra mi producto para que te veas bien y así puedas amar tu belleza natural”.

Lo cierto es que si a las mujeres les importara un sorbete si tienen canas o arrugas, la gallina de los huevos de oro moriría. Así que el negocio está en el punto medio, en tener a las consumidoras viviendo en la eterna insatisfacción, pero con esperanza, listas para comprar el siguiente producto innovador que las aleje aunque sea un poco, del implacable paso del tiempo. A la vez por supuesto, que cumplen con su rol de supermujeres, y sin quejarse.

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