12 de Diciembre de 2018

Yucatán

“Palillito”, payaso que regala a los niños alegría y esperanza

Por más de 35 años, Luis Guillermo Solís ha hecho de su oficio 'una cruzada altruista', en contra de los padecimientos.

"Seguiré hasta que el cuerpo aguante porque estoy seguro que cuando las limitaciones físicas me impidan seguir pintándome la cara para hacer feliz a la gente, voy a sufrir.”
"Seguiré hasta que el cuerpo aguante porque estoy seguro que cuando las limitaciones físicas me impidan seguir pintándome la cara para hacer feliz a la gente, voy a sufrir.”
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MÉRIDA, Yuc.- Alegría y altruismo son las palabras que definen a Luis Guillermo Solís Olivares, mejor conocido en Yucatán como payasito “Palillito”, quien a los 65 años de edad considera que su máxima dicha es regalar momentos de felicidad; sin embargo considera que le falta algo por dar, ya que aún no se siente satisfecho.

Por más de 35 años ha realizado una intensa labor con niños enfermos, pero esto nunca ha sido su tarjeta de presentación, ya que esa labor la hace de corazón; solo le gustaría ser recordado por las cosas buenas que ha hecho, especialmente sus actuaciones, o simplemente como una persona que contribuyó a dar alegría a aquellos que lo necesitaban.

Luego de una década como conductor de eventos en una plaza comercial, 20 años más trabajando en la estación de radio La Comadre de Grupo SIPSE, continúa aprendiendo porque sabe que la vigencia se obtiene renovándose cada día y porque, admite, le da miedo el olvido.

Amante de la cocina y del servicio de salud, su destino fue convertirse en payaso porque, asegura, “es uno de los artistas que debe tener conocimientos universales al explorar todas las disciplinas artísticas, tener el don de la comunicación y sobre todo humanidad”.

Origen

Hijo de yucatecos, su padre, don Luis Francisco Solís Rodríguez, oriundo de Ticul, un hombre que salió muy joven de su tierra para ganarse la vida como bracero en Estados Unidos, y su madre, Guillermina Olivares, una 'gran' enfermera que dejó huella de su calidad en el Hospital Francés de la capital mexicana, en el desaparecido Hospital del Niño, en el Hospital Juárez y la T1 de esta ciudad, fueron su ejemplo.

Luis Guillermo nació por accidente en la Ciudad de México; sin embargo, tras la muerte de sus padres tuvo que volver a Yucatán con sus hermanos Wilberth, Delia y Ernesto.

Huérfano a los ocho años de edad, desde pequeño siempre tuvo la inquietud de ser artista porque le llamaban la atención los títeres y admiraba a comediantes como Capulina, Chespirito o Charles Chaplin, pero su inspiración siempre fue Pedro Infante; asimismo en la escuela era conocido por recitar la poesía “Paquito”, de Salvador Díaz Mirón.

La vida como artista era mal vista por su familia, por lo que sería hasta los 24 años cuando, de la mano de su primera esposa, comenzó a hacer su sueño realidad.

El primer paso

Durante el tiempo que laboró en una embotelladora y posteriormente como oficial de cocina en el Instituto Mexicano del Seguro Social, comenzó a disfrazarse los fines de semana en el parque Centenario, primeramente de pato “Donald” y su mujer de “Patita”.

Más payaso que pato

Sería a consecuencia de un comentario de Gerardo Lerma, entonces conductor del Ayuntamiento de Mérida, quien siempre le dijo que era más payaso que pato, que descubrió el oficio que a la postre sería su vida.

Formación

Así que, convencido, comenzó a formarse con destacados profesionales de distintas disciplinas como Pastor Góngora, en pantomima; Carmela Martínez y Ligia Barahona, en artes escénicas; Luis Sánchez Gavito y Felipe Serrano, solfeo y canto, y Patricia Ostos y Raúl Domínguez, títeres, así como con grandes magos locales entre los que destaca el Tío Salim.

Más tarde compró libros de ventriloquía, asistió a congresos, clases de globoflexia y todas las artes relacionadas con el espectáculo infantil, mientras continuaba con su trabajo de oficial de cocina en el Seguro Social.

El altruismo

En el Seguro Social conoció al Dr. Pino, quien le propuso la idea de colaborar con los enfermos en fase terminal y de ese modo se coordinó para comenzar a dar espectáculos dentro del hospital, donde se forjó su labor humanitaria. “Ver cómo se va apagando una vida, me conmovió porque para ser payaso es necesario ser una persona sensible, y creo que yo nací con eso”.

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