17 de Agosto de 2018

Yucatán

Por las cantinas de Mérida: cerró el Chemas

No pude menos que viajar por el tiempo y recordar desde estas últimas épocas en la que asistíamos en compañía de varios colegas.

La barra del Chemas era excelente para sacudir el cubilete. (Sergio Grosjean/SIPSE)
La barra del Chemas era excelente para sacudir el cubilete. (Sergio Grosjean/SIPSE)
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Sergio Grosjean/Milenio
MÉRIDA, Yuc.- En anteriores ocasiones hemos narrado curiosas anécdotas que se han guisado alrededor de las cantinas y del arte culinario, que unidas al humor característico con el que algunos colegas amenizan el placentero deporte de beber, enmarcan hazañas y ocurrencias dignas de recordar, desde las solemnes hasta las más intrépidas.

En esta ocasión quiero referirme al Chemas, que cerró sus puertas hace un par de semanas, y con ello se colapsa una época que inició su fundador don Demetrio Molina Ávila, el 5 de agosto de 1949. Ubicado en el cruzamiento de las calles 66 con 55 del Centro de Mérida, antes de su apertura fue la botica denominada "La Gota de Agua", misma que tenía un patio interior tan grande que en ocasiones era rentado por algún circo que visitaba la ciudad. Previo a la adquisición de la propiedad, el hombre administró la cantina “Versalles”, ubicada en el primer cuadro de la ciudad.

Años más tarde lo administraron “Los Chinos” Palomo, siendo que su manejador, al momento del cierre, fue Alfonso Martínez. Ojalá y que cuando se reabra no pierda su esencia (de espanto será como bar hipster o alguna mafufada de ésas; acotación exclusiva de la redacción). 

Leyendo la interesante publicación de nuestro amigo Angel Noh con respecto al cierre, no pude menos que viajar por el tiempo y recordar desde estas últimas épocas en la que asistíamos en compañía de varios colegas, hasta mis años mozos, cuando frecuentábamos la barra a “tirar el dado”, que era donde se jugaba desde mercancía y dulces hasta fuertes cantidades de efectivo.

La barra del Chemas y el juego

La barra del Chemas era excelente para sacudir el cubilete y donde sinnúmero de veces jugué con personas como con  mi buen amigo Pastor Lugo Magaña o don Chucho Martín, quienes por cierto, tenían una extraordinaria suerte de la que pude ser testigo. “El Calvo” Ortega, Ramiro Quiñones o “El Gordo” Cabalán eran otros experimentados en el arte de los dados que se daban cita en este emblemático sitio. 

Sin duda, no todos los jugadores eran decentes como Pastor Lugo o don Chucho Martín, ya que había otros a los que no podías separarles la mirada ni siquiera para hacerle un sorbo a tu fría espumosa, pues en la distracción “te amarraban el dado” y las mañas para lograr tal proeza y que los dados deseados cayeran en posición son infinitas y los tahúres lo sabían.

El sitio no era un hospicio y, por consiguiente, “la casa” algo tenía que ganar, ya que además el juego estaba prohibido y para ello su propietario tenía que ingeniárselas para cobrarse, ya que muchos se hacían “patos” para colaborar con la causa. Una de las simpáticas técnicas que aplicaba nuestro amigo, el cantinero Tony (uno de los hermanos dueños en aquel entonces del Chemas) era la del popote: unía tres de ellos y le adhería a la punta un chicle, y cuando alguien se descuidaba, el hombre soplaba los billetes y al salir volando sacaba ágilmente el popote extendido y el billete se pegaba para luego rápidamente esconderlo.

Supersticiones entre apostadores

En otras ocasiones, los apostadores eran tan supersticiosos que cuando jugaban le pedían a alguien, que comúnmente solía ser algún vendedor, que le arrojara sal en la espalda del contrincante, y esto lo hacía cuando le daban la señal debido a que estaba perdiendo. 

En otros casos, muchos jugadores pensaban que cuando alguien que tenía según ellos “mala vibra” y que observaba la partida, lo despachaban con una propina ya que podía traerle mala suerte si se quedaban presentes en el sitio, y los fijos eran los boliteros, limpia botas o vendedores. Pero había su contraparte, ya que si el oponente se daba cuenta que le daba buena suerte un mirón, hacía que regrese, siendo que el susodicho a los 10 minutos retornaba con el pretexto que ya había vendido todo su producto tal y como lo hacía el emblemático vendedor de pastelitos “Tacho”.

Mi correo es [email protected] y twitter: @sergiogrosjean.

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