21 de Septiembre de 2018

Yucatán

'Solo en Dios he puesto mi confianza'

El premio o la condenación no están ligados al éxito o al rechazo de los hombres, sino a Dios, quien ve la fidelidad interior y la donación auténtica.

Estamos siendo asistidos en todo momento por la presencia amorosa del Padre, por la cercanía del Hijo, nuestro Señor Jesucristo y la luz permanente del Espíritu Santo. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- VIII Domingo del Tiempo ordinario

Is. 49, 14-15; Sal. 61; 1Cor. 4; 1-5, Mt. 6, 24-34

I. Is 49, 14-15

El célebre texto de Isaías tan expresivo, nos exalta el apasionado amor  de Dios: “¿Se olvida quizás una mujer de amar tiernamente al hijo de sus entrañas? Pues aunque estas mujeres se olvidaran, yo por el contrario, no te olvidaré jamás”. Así como nos parece inverosímil el que una madre se olvide del fruto de sus entrañas, Dios tampoco se olvidará de nosotros.

“¿Se olvida una madre del bebé que amamanta? ¿No tiene compasión del hijo que dio a luz? Aún si eso pasara, yo no te olvidaré. Mira te tengo escrita en la palma de mis manos, tengo siempre presente tus murallas” (Isaías 49:14-16ª).

Los verbos en el texto señalan las virtudes de una madre. Es la que tiene compasión, la que nos tiene adentro en el corazón.

La tradición profética describe el comportamiento maternal de Dios para con su pueblo.

Al leer todos estos versos me acuerdo del autor Lord Rochester que dijo: “antes de casarnos tenía seis teorías sobre el modo de educar a los pequeños. Ahora tengo seis hijos y ninguna teoría”.

Sí hermanos, no hay teorías por buenas que sean para educar a los hijos, sino una relación estrecha de amor, comprensión, compasión, ternura, cuidados y el perdón.

Para hacernos comprender el amor de Dios, la Biblia le da nombres familiares a nuestra experiencia, como: padre, madre, esposo, amigo, pastor...

Si deseamos expresar cómo es el amor de Dios, no encontramos palabras para lograrlo a cabalidad; su amor supera nuestro vocabulario. Podemos decir, como en el libro del Éxodo, que “Dios es misericordioso y clemente, tardo a la cólera, rico en amor y fidelidad” (Ex. 34, 6). O, como San Pablo, podemos exclamar que ese amor supera todas las dimensiones, y que nada nos puede separar de Él. Ese amor que Dios nos tiene es gratuito, pues Dios nos ama antes de que nosotros le amemos a Él. Como dice San Juan, “Dios nos amó primero” (1 Jn. 4,10) y nos hizo sus hijos.

II. 1 Cor 4, 1-5

En la segunda lectura que hemos escuchado vemos que los Corintios, al tomar partido por un concreto proclamador del Evangelio y por su forma concreta de proclamarlo, han emitido un juicio de valor sobre personas y contenidos. Un juicio demasiado apresurado y demasiado absoluto. Pablo les vuelve a recordar que ningún hombre es amo y señor de los misterios de Dios. Los hombres son tan sólo servidores y administradores. Y que el juicio último y definitivo sobre esos misterios y las personas que los administran corresponde únicamente a Dios. Las críticas y las autocríticas humanas pueden ser válidas, convenientes y hasta necesarias, pero siempre son relativas. También aquí, San Pablo hace dos afirmaciones vinculadas entre ellas y concernientes al ministerio apostólico. La primera  es una definición del Apóstol como “ministro” y “ecónomo”, es decir administrador hacia los hermanos, de los bienes y de la palabra de salvación. No es, por tanto, un privilegio, sino un “siervo” que debe ser fiel al encargo recibido.

La segunda afirmación es referente al juicio sobre el ministro: El premio o la condenación no están ligados al éxito o al rechazo de los hombres, sino a la instancia suprema de Dios que ve la fidelidad interior y la donación auténtica. La última aprobación, la alabanza verdadera, es la del Señor que sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas.

III. Mt 6, 24-34

El Evangelio de este domingo pertenece al Sermón de la Montaña, muestra las exigencias de la llegada del Reino y exhorta al desprendimiento y al rechazo de todo desasosiego. La opción es clara: por Dios y su Reino de justicia. 

Este pasaje evangélico, rebosante de poesía y de sublime sencillez, es de una elevación extraordinaria. Es un cántico al amor providente de Dios, que es nuestro Padre. Cuatro son los motivos de la exhortación:

1. No sufrir ansiedad por el sustento.

2. Buscar a Dios y su Reino.

3. Dios tiene cuidado de sus criaturas.

4. Dios es un Padre bondadoso para todos.

El discípulo no tiene que inquietarse excesivamente por el sustento material, el Padre celestial ya sabe que tenemos necesidad de ellos. 

En esta instrucción, es muy probable que Jesús dirigiera estas palabras al grupo de sus discípulos, que lo habían dejado todo para seguirle. Los afanes y  preocupaciones de la vida cotidiana han pasado a ser para ellos algo secundario, porque el Reino de Dios se ha convertido en lo más importante. Entonces cambia todo, y es posible vivir en la confianza absoluta en el Padre que vela por todos (Mt. 5, 43-48), y conoce las necesidades de los discípulos. Dios Padre, que cuida de las aves del cielo y de las flores del campo, cuidará con mucho más motivo de sus hijos. Los cristianos deben vivir de acuerdo con este estilo de vida, situando todas sus preocupaciones en el horizonte del Reino de Dios.

IV. Conclusiones

1. Hablar de la Providencia nos puede resultar muy complejo, sobre todo cuando solo queremos entender desde nuestra razón calculadora.

2. Pero siempre debemos pensar que “todo es Providencia, nada es coincidencia en nuestra vida”. 

3. Estamos siendo asistidos en todo momento por la presencia amorosa del Padre, por la cercanía del Hijo, nuestro Señor Jesucristo y la luz permanente del Espíritu Santo. No debemos preocuparnos excesivamente por los bienes materiales, no nos perdamos en hipótesis, en experiencias posibles. 
Ahora, en nuestra vida ordinaria somos llamados a poner nuestra seguridad en manos de Dios-Padre.

4. Sólo en Dios he puesto mi confianza, porque de Él vendrá el bien que espero. Él es mi refugio y mi defensa, ya nada me inquietará.

Concluyamos con la oración colecta. Concédenos, Señor, que el curso de los acontecimientos del mundo se desenvuelva, según tu voluntad, en la justicia y en la paz, y que tu Iglesia pueda servirte con tranquilidad y alegría. Amén.

Mérida, Yucatán, 2 de marzo de 2014.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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