21 de Septiembre de 2018

Yucatán

'¡Te alabo Padre! Porque has revelado los misterios del Reino a los sencillos'

Jesús nos invita a la lucha contra el mal que está dentro de nosotros mismos, con la violencia hacia nosotros mismos.

Con su muerte Jesús reconcilió la humanidad con Dios. (SIPSE)
Con su muerte Jesús reconcilió la humanidad con Dios. (SIPSE)
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MÉRIDA, Yuc.- VI Domingo Ordinario

Eclo. 15 16-21; Sal. 118; 1Cor. 2. 6-10; Mt. 5, 17-37

I.- Introducción

Al acercarnos a la primera lectura se nos presenta la grande libertad de la persona que puede, si quiere, acoger la enseñanza del Señor y obedecerlo, como que pareciera a primera vista que todo depende de la buena voluntad, con un optimismo rabínico que estima al ser humano que puede obedecer la Ley. Y este optimismo como que se estrella con el Evangelio, que nos hace comprender la incapacidad de la persona, y cómo por ello el Hijo decidió venir a estar con nosotros. Sólo Él, con la gracia del Espíritu que nos da, puede hacernos capaces de vivir esta obediencia a la Ley, que nos conduce a la libertad.

II.- La frase clave

Al centro del Evangelio está la frase clave de Jesús: “No he venido a abolir la Ley o los profetas, he venido no a abolirlos, sino a darles plenitud”. (Mt. 5,17).

Es un lenguaje que usaban los rabinos y por lo tanto muy bien comprendido por sus contemporáneos: “Cumplir-abolir”.

Hay tres niveles en el cumplimiento de los escritos:

1º. Darle a la Escritura su preciso significado.

2º. Hacer aquello que nos indica el texto.

3º. Hacer aún más de lo que prescribe el mandamiento.

Lo vemos cuando como en nuestro texto se invita a ir más allá, a superar la exigencia en cuanto tal.

III.- La superación de la justicia

Hay una superación propuesta por Jesús:

“Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos” (v.20).

No se encuentra tan solo en el hecho de que Jesús interprete el “no matarás” radicalizándolo hasta el grado de “no encolerizarse contra tu hermano” (v.22);  ni la superación del: “no cometerás adulterio”, ni tan siquiera hacia una mujer: “mirarla deseándola” (v.28).

Esta “radicalización” pertenece al tercer nivel del cumplir bien la Escritura. Y se encuentra en la personalidad de quien predica esta fórmula. Con ello Jesús se propone como el único verdadero intérprete de la Ley y los Profetas, en la triple dimensión arriba expuesta.

Es la descripción y la exégesis de aquello que Jesús está viviendo no sólo en su existencia terrestre, sino también en su vida como resucitado.

Es lo que Cristo quiere suscitar y animar en nosotros. Solo en Él, con Él, por Él, podremos llevar a cabo las exigencias de la Escritura.

Ustedes son mis discípulos porque los he elegido, por lo tanto, por el Espíritu que les enviaré y daré, este será el comportamiento que yo espero de ustedes. El que no tiende a armonizar su vida con estas declaraciones de Jesús, demuestra que no está animado por el Espíritu de Dios, que es quien nos va conformando y configurando con Cristo.

Esto es lo que Jesús, actuando en nosotros por el don de la fe, la oración y nuestra generosa disponibilidad a hacer su voluntad, con la gracia del Espíritu Santo, nos lleva a realizar, superando así la justicia de los escribas y fariseos.

IV.- De la inquietud a la oración

Es indudable que un serio examen de nuestra vida, nos deja preocupados. No hemos matado a nadie, pero cuántas veces nos dejamos llevar por la ira, criticamos, mermamos la credibilidad en otros, disminuimos su aceptación y prestigio, y así en la castidad conyugal, celibataria o consagrada. 
¿Y cuántas veces no has cumplido tu palabra empeñada, tu compromiso adquirido ante la Iglesia como consecuencia de tu bautismo. Y ni tú ni yo, como dice muy bien San Pablo, sólo Cristo es quien murió en la Cruz y quien fundó la Iglesia?; ¿quién pretendes ser tú que  juzgas, criticas, o favoreces que otros la vilipendien?

Esta palabra del Señor: “¡Pero yo os digo…!” que exigencia tan grande que nos propone; una exigencia no de mediocridad, sino de superación y crecimiento.

Por ello tenemos que hacer oración, para humildemente pedir la gracia del Espíritu Santo, solo Él, con su gracia puede hacer que nosotros seamos discípulos fieles, y nos convirtamos en testigos del amor de Cristo. Para que nuestra vida sea sincera y honesta: “Sí al sí, no el no” (v.37).

V.- ¿Qué más podemos hacer?

Comprendemos que solo Jesús es el que cumple a plenitud la Escritura. Pero que su deseo es que nosotros al seguirlo, imitarlo y buscar identificarnos con Él, por la gracia del Espíritu, iremos logrando esa configuración y conformación, con la vida de Cristo.

La antítesis son todas en relación al prójimo:

+ El matar, opuesto a la reconciliación.

+ El adulterio y repudio, la eliminación en nosotros mismos de la  pasión que provoca escándalo.

+ A los juramentos, la rectitud y lealtad en el hablar.

Con ello nos ponemos bajo la acción del Espíritu y con su gracia fortalecidos y vivificados podremos:

1. No desesperar jamás del otro. El primado se debe dar siempre a la reconciliación. Pero no hay reconciliación sin morir, con su muerte Jesús reconcilió la humanidad con Dios. No hay reconciliación si ese orgullo y soberbia no muere dentro de mí. Es la dialéctica de la Redención:

– Por la muerte (en Cruz) a la vida (Resurrección).

– Por la Cruz, a la Luz.

2. Antes de estar en el otro, el mal está también en mí.

El adulterio, el repudio, son falsas salidas que eluden la verdadera responsabilidad de enfrentarme a mí mismo. Por ello Jesús nos invita a la lucha contra el mal que está dentro de nosotros mismos con la violencia hacia nosotros mismos:

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11.12). Solo quien tiene disciplina, y se domina, con la gracia del Espíritu, encausa su vida.

3.  El poder la palabra. Hablar no es actividad neutra.

Con la lengua se puede hacer vivir o matar, ver: Ecclo 28.17: “Las heridas causadas por azotes quedan en la piel, las heridas causadas por la lengua rompen los huesos”. 

Santiago 3,s.s.:

“El que no comete error en su hablar, es un hombre perfecto, capaz también de controlar todo su cuerpo” (Sant. 3.2).

Cristo es un Sí, a la voluntad de su Padre, por eso en él no hay el sí y el no. En Él todas las promesas se han vuelto Sí. (2Cor. 1,19-20).

La vigilancia en nuestra manera de hablar es una invitación que nos hace Cristo, obediencia que es como Él, coherencia hasta la muerte (Fil. 2,8)

Bien dice el Salmo:

“Enséñame a cumplir tu voluntad y guardarla de todo corazón” (s.118).

Los principios propuestos por Jesús, desean hacer que el orden que se establece por los 10 mandamientos, no se respete tan sólo externamente, sino que el cambio sea una decisión interior que proviene del corazón.

En donde se vive según el mensaje de Jesús, la vida adquiere un nuevo significado y se establece una armonía social.

Bien dice San Agustín: “Cuando Dios instruye no es con la letra de la ley, sino con la gracia del Espíritu Santo, lo hace de tal modo que al que se digna instruir, no solo conozca perfectamente, sino que quiera sinceramente cumplir y de hecho cumpla efectivamente lo que Él le ha enseñado. Esta gracia no solo ayuda a la facultad de querer, sino a la voluntad misma que se decide actuar”.

Con el Salmo repitamos: “¡Dichoso el que cumple la voluntad del Señor!”.

Amén.

Mérida, Yucatán, 16 de febrero de 2014.

† Emilio Carlos Berlie Belaunzarán
Arzobispo de Yucatán

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