12 de Diciembre de 2018

Opinión

Charlatanes, mercaderes y similares

¿Cómo una persona que dice dedicarse al desarrollo humano se atreve a llamar a otro ser humano basura?

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Hace apenas unas horas pude leer en una de las tantas redes sociales una frase que me pareció muy desafortunada, por decir lo menos; en ella un “profesional” que se define a sí mismo como conferencista internacional en temas de desarrollo humano aseguraba que “hay gente que sale de nuestras vidas pensando que pueden volver cuando quieran, pero se olvidan que no toda la basura es reciclable”. Lo primero que pasó por mi mente fue: ¿cómo una persona que dice dedicarse al desarrollo humano se atreve a llamar a otro ser humano basura?

Se supone que alguien dedicado a trabajar el desarrollo humano debe comprender la importancia de la dignidad de la persona; sin embargo, parece que en el afán de congraciarse con quienes se han sentido mal correspondidos y abandonados en alguna relación, pretende de la manera más simplista condenar a uno para exaltar al otro, forma por lo demás muy barata de comprar seguidores, exaltando el coraje y la frustración de sentirse abandonados e impulsándolos a una manifestación rencorosa que pretende convertir a quien se ha alejado de mí en una pila de basura.

Parece que la idea subyacente es que quien se encuentre en relación conmigo es un excelente ser humano, pero a todo aquel que decida por cualquier circunstancia alejarse de mi lado tengo el derecho de llamarlo basura, incluso no sólo tengo el derecho, ¡es una basura! ¡Qué nefasta conceptualización de las relaciones humanas para quien se dice un profesional del desarrollo humano! Me asalta una duda: ¿qué es lo que entenderá este señor por ser humano?

Intentar consolar a quien ha sufrido la pérdida de una relación exacerbando un sentimiento de rencor pleno contra quien se ha alejado de nosotros es un acto deleznable, que sataniza a uno y santifica a otro; pareciera que la única razón de ser de semejante conducta es complacer a todo aquel que está dispuesto a pagar un curso o la entrada a una de las charlas del conferencista mencionado, haciéndoles sentir a través de semejantes afirmaciones que no solamente se encuentran plenamente justificados en calificar de basura a aquellos con los que antes tenían una relación, sino que un profesional del ramo les asegura que es legítimo que lo hagan.

Así en este nuestro mundo: abundan estos charlatanes del bienestar, que cobran generosas sumas por presentarse ante audiencias lastimadas a validar este tipo de conductas que en nada contribuyen al desarrollo humano de quienes los escuchan, pero que sí sirven para que se hinchen más los bolsillos con dinero de personas que están dispuestas a pagar con tal de que les digan que dar rienda suelta a sus viscerales frustraciones es lo adecuado.

Es muy fácil para estos mercaderes de lo humano encontrar un éxito inmediato, no por nada el “mensaje” mencionado alcanzaba las 2,878 aprobaciones por parte del público en menos de 24 horas; por supuesto hay mucha gente feliz de que un mal llamado profesional valide la exteriorización de sus frustraciones de la manera más abyecta, no deja de ser escalofriante que más de 271,000 personas sigan regularmente las publicaciones de quien así se atreve a asesorar en el desarrollo personal.

Enorme daño causan este tipo de charlatanes que lejos de privilegiar el encuentro de personas, la solución de conflictos, el aceptar la parte de responsabilidad que nos toca en una relación frustrada, venden una validación barata de nuestras conductas, que no nos hace mejores seres humanos, pero tranquiliza nuestras conciencias y da un aire de respetabilidad a nuestras conductas, aunque en el camino acabemos llamando basura a otro ser humano.

Los mercaderes de la conciencia, sucios vendedores de patrañas, profesionales en maquillar de validez nuestros odios, se extienden como plaga, impulsando la perniciosa idea de que primero me tengo que amar a mí mismo antes que amar a los demás, siendo que la verdad es que no se ama uno “antes” o “después” que a los demás, sino que al amarse uno mismo ama al unísono a los demás y al amar a los demás uno en ese instante se ama a sí mismo.

No hay un antes o un después en amarse y amar a los que nos rodean, porque es en la relación con el otro en donde ambas situaciones se vuelven realidad, independientemente de que un mercader del desarrollo humano nos diga que primero somos nosotros y que tenemos el derecho de llamar basura a otra persona.

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