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El tema pudiera parecerle trivial y ajeno a más de uno, pero –bien visto- tiene implicaciones sociales, económicas, políticas, ambientales y hasta de salud: ¿Comer o no comer carne? ¿Desterrar de la alimentación los productos animales y ser sanos (y estar a la moda, ser de hoy) comiendo sólo verduras y frutas y presumirlo en las redes sociales con un mal disimulado aire de superioridad?

Sin embargo, ni es trivial ni es ajeno, antes al contrario es de la mayor importancia para todos y cada vez más se le sube a los espacios de discusión y los gobernantes se decantan por uno u otro bando.

Por ejemplo, el martes 23, el New York Times publicó que el gobernador de Colorado decretó el 20 de marzo el “día sin carne”, parte de una campaña para promover “dietas basadas en plantas”, y de inmediato su vecino de Nebraska declaró esa misma fecha “el día con carne” para defender el estilo de vida de sus gobernados y a los ganaderos de esa entidad.

Esta es apenas una muestra de hasta dónde ha escalado el tema. Es cierto que cada día hay más vegetarianos y sus congéneres los veganos (“vegetarianos extremos”) y la comida “saludable” se ha convertido en importante fuente de ingresos para miles de familias, pero no es menos cierto que “de la carne y sus pecados (derivados)” viven millones de seres humanos en todo el planeta y son principal fuente de ingresos para países como Brasil, Argentina y Uruguay o de vastas regiones del norte y el centro de México (exportadores de cortes de res y cerdo) y Yucatán, donde se producen miles de toneladas de pollo y cerdo de exportación.

La actividad pecuaria en todas sus variantes genera millones de empleos y cada día más quienes a ella se dedican ponen especial cuidado en la preservación del medio ambiente y en el uso de tecnologías amigables con la tierra, el agua y el aire (cosa que, hay que admitir, en otras épocas no ocurría), de modo que no es conveniente estar en contra.

A quienes declaran que es causa de deforestación, les digo que no necesariamente, aunque también épocas hubo en que así ocurría. Hay formas de producción en la industria pecuaria (Holanda es ejemplo de eso) que no atentan contra bosques y selvas.

A propósito de Holanda, ¿se imagina usted que un día no haya vacas y ya no nos llegue de esa nación el queso Edam con el que se hace el queso relleno, emblemático platillo de la gastronomía yucateca (¿verdad, maestro Carlos Martín Briceño?)?, ¿o que ya no podamos comer un frijol con puerco de puerco de verdad, con grasita (no sucedáneos) con rabo, oreja y papada y su kut de tomate soasado con chilito habanero?

Por ello propongo un tratado de paz entre vegetarianos y carnívoros. Que cada quien coma lo que quiera y no nos vean como inferiores a quienes le hincamos el diente a un buen taco de kastakán o un polcán de puyul. Provecho.

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