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Entre las voces que narran, encontramos melodías que se presentan con tonos hipnóticos. No sabemos exactamente de dónde viene el encanto ni el enganche, pero ahí estamos; nos han atrapado y decidimos quedarnos a escuchar. Y es que hay historias que al ser leídas en la mente llevan nuestro propio tono de voz y esa monotonía ya la conocemos; no resulta novedad. Diferente es cuando la boca de alguien más se abre para entonar desde el estómago esa serie de palabras que en conjunto lanzan historias al aire y llegan hasta nosotros para llenarnos de imágenes mentales. Entonces nos sabemos buenos oyentes.

Personalmente, relaciono un gusto particular y una atención plena pocas veces manifestada, cuando alguien cuenta una historia sobre animales. ¿Será que, como si se tratara de un instinto, quisiéramos descifrar todo cuanto ocurre para buscar emociones paralelas, reconocer comportamientos y vaya, humanizar los instintos animales? Porque a veces de eso se trata, ¿no? De extender la mano con las fibras imaginativas para tomar como experiencia humana lo que quizá no puede racionalizarse en los planos del hombre.

En “Brillante silencio”, del autor estadounidense Spencer Holst, conocemos la historia de dos osos de circo: una hembra y un macho kodiak. Aprendemos que, como parte de su número en el espectáculo, saben pararse en dos patas y mover los bracitos de tal manera que cualquier humano que los viera afirmaría sin miedo a errar que saben bailar.

Un día, la desgracia circense ocurre y un jaguar se abalanza sobre el domador y lo mata. Entre el caos y el terror colectivo extendido a los animales, los osos huyen y vagan libremente hasta llegar a una tierra que tomarán como suya. Naturalmente, los años pasan y la manada crece hasta que las nuevas generaciones y los nuevos descendientes ocupan más terreno del que inicialmente tomaron.

Por las noches de luna llena, se puede observar cómo el esplendor brillante y resplandeciente actúa sobre los animales. De pronto se les mira parados en dos patas, moviendo los brazos en comunidad, y danzándole a una luna que no emite música, sino luz y silencio. Un movimiento que quizá para ellos resulte natural, pero que nosotros, desde una aparente superioridad humana, hemos decidido llamarle baile. ¿Quién diría que no somos nosotros quienes los hemos imitado? Después de todo, hay rastros que nos hacen más similares de lo que estaríamos dispuestos a admitir; el instinto, por ejemplo. Y el ritmo.

 

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