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El término del cuarto mes del año 2020, un año muy diferente en todos los aspectos, considero interesante hacer una relación entre el Covid-19 y nuestro medio ambiente; los datos son contundentes: la pandemia del coronavirus ha generado la mayor caída en la emisión de CO2 de la que se tenga registro.

Ninguna guerra, ninguna recesión, ninguna otra pandemia han tenido un impacto tan dramático en las emisiones de CO2 durante el último siglo como el que ha alcanzado el Covid-19 en pocos meses, situación que ya marca la historia del planeta en varios frentes.

Hoy y debido a la pandemia hay menos aviones en los cielos, menos autos en las calles y carreteras, menos personas deforestando o contaminando nuestros cuerpos de agua, el consumo de energía ha disminuido debido al paro de fábricas y grandes plantas de producción, al grado de que, según la NASA, ha detectado desde el espacio la disminución de gases contaminantes en la atmósfera.

De igual manera los sismólogos han notado que el planeta está vibrando menos, con ello, se refieren a los movimientos que nuestras actividades diarias causan sobre la corteza terrestre. Como muestra de todo esto podemos ver que en las redes sociales circulan imágenes de aguas que se ven más cristalinas y animales que ahora pasean felices por las ciudades sin humanos a su alrededor.

Las medidas de confinamiento que se han extendido por todo el mundo han hecho también que millones de personas se queden en sus casas, un hecho sin precedentes y cuyas consecuencias los científicos están empezando a medir, pues de ahí se derivan circunstancias que vale la pena estudiar para entender.

Hoy en nuestro país las calles están semivacías, los comercios cerrados, los autos guardados en su mayoría, todo esto ha provocado que se reduzca la magnitud de las vibraciones, lo que los geólogos llaman el “ruido sísmico” generado por los humanos y que se deriva de nuestras actividades diarias que causan un impacto sobre la corteza terrestre.

Hasta ahora, es muy difícil saber cuánta gente hay realmente contagiada de coronavirus, pues el número de quienes supuestamente padecen la enfermedad varía extraordinariamente dependiendo del país y de cuántas pruebas se estén realizando en ese país. En la medición del impacto ambiental los impactos positivos son visibles, la mejora de la calidad del aire o la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero son temporales, porque se derivan de una aguda desaceleración económica y un trágico sufrimiento humano. Este no es un modelo de respuesta que un ambientalista quisiera.

De hecho, sobre la reducción de emisiones, algunas universidades destacan que el uso de combustibles fósiles tendría que disminuir 10% en todo el mundo, y mantenerse así durante un año, para que pudiera reflejarse en los niveles de dióxido de carbono.

Tal parece que esta pandemia nos está dejando una gran lección y depende de nosotros entender que la prueba que ha puesto a la humanidad debe ser considerada como aprendizaje y como una falla en la historia de la realidad que nos tocó vivir.