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La pandemia del Covid-19 nos recuerda de manera contundente nuestra relación desestructurada con la naturaleza. Los estudios revelan que la deforestación y la pérdida de fauna y flora provocan el aumento de las enfermedades infecciosas. Técnicamente, la mitad del PIB mundial depende sea en gran medida o moderadamente de la naturaleza. Por cada peso gastado en restauración de la naturaleza, se pueden esperar al menos 9 de beneficios económicos en los diferentes sectores.

Muchas personas me preguntan cuándo se espera que podamos volver a la “normalidad” después de la crisis del Covid-19. Tal vez lo que
deberíamos preguntarnos es: ¿podemos aprovechar esta oportunidad para aprender de nuestros errores y entre todos construir algo mejor?

Centrarse en la naturaleza puede ayudarnos a comprender de dónde provienen las pandemias y cómo se pueden mitigar las consecuencias socioeconómicas de esta crisis. Esta pandemia también es un recordatorio muy contundente de nuestra relación inarmónica con la naturaleza.

El sistema económico actual ha ejercido una gran presión sobre el medio ambiente, la pandemia que se está desarrollando ha puesto de relieve el efecto dominó que se desencadena cuando un elemento de este sistema interconectado se desestabiliza. La naturaleza intacta sirve de amortiguador entre los humanos y las enfermedades, y las enfermedades emergentes a menudo se derivan de la invasión de los ecosistemas y los cambios en la actividad humana.

En el Amazonas, por ejemplo, la deforestación  aumenta las tasas de malaria, ya que la tierra privada de árboles es el hábitat ideal para los mosquitos. La tierra deforestada también se ha relacionado con brotes de ébola y la enfermedad de Lym, ya que los humanos entran en contacto con fauna y flora intacta. En consecuencia, una alteración excesiva o equivocada de la naturaleza puede tener consecuencias devastadoras para el hombre.

Si bien el origen del Covid-19 todavía no se ha establecido claramente, el 60 por ciento de las enfermedades infecciosas tienen su origen en animales y el 70 por ciento de las enfermedades infecciosas emergentes surgen en la flora y la fauna. El sida, por ejemplo, se originó en el chimpancé y se cree que el SARS se transmitió de un animal aún desconocido hasta ahora.

Hemos perdido el 60 por ciento de toda la flora y fauna en los últimos 50 años, mientras que la cantidad de enfermedades infecciosas nuevas se ha cuadruplicado en los últimos 60 años.

No es casualidad que la destrucción de los ecosistemas haya coincidido con un fuerte aumento de estas enfermedades. Los hábitats se están reduciendo, lo que provoca que las especies vivan en espacios más cercanos entre ellas y con los humanos.

A medida que algunas personas optan por invadir los bosques y los paisajes salvajes debido a intereses comerciales y otras personas en el otro extremo del espectro socioeconómico se ven obligadas a buscar recursos para sobrevivir, dañamos los ecosistemas, arriesgándonos a que los virus de los animales encuentren un nuevo hospedador: nosotros.