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Como en todos los países del mundo, Japón tiene su propia tradición oral en la que se narra el origen del universo y de los dioses. En principio, los japoneses, según Gordon Cheers, deificaban las fuerzas de la naturaleza porque consideraban que eran superiores a los seres humanos y se les denominaban kami. Por su parte, Marisa Belmonte y Margarita Burgueño publicaron el relato de una de las principales deidades de Japón.

Los kami Izanagui e Izanami crearon las islas que hoy conforman el territorio japonés. Pero fue el dios Sol quien dio origen al hombre para que las habitara y también creó a una deidad a la que llamó Amaterasu y la designó como la diosa de la luz; después creó a los demás seres sagrados para que le hicieran compañía.

En las islas, la vida era armónica y alegre. Los pobladores adoraban a Amaterasu y hacían plegarias en su honor. Ella era feliz en aquella tierra hasta que llegó Ono Mikoto, un príncipe de origen divino caracterizado por su maldad. Quiso enojar a la diosa y para ello mató a su cervatillo preferido. Entonces Amaterasu lloró con mucha amargura. Tal fue su congoja que se ocultó en una gruta, la cual tapó con una enorme piedra para que nadie la viera.

Con ella se fueron la luz y la alegría. Las islas quedaron sumidas en la oscuridad y en la tristeza. Los dioses se reunieron en la entrada de la caverna y formaron un gran círculo; organizaron un hermoso cortejo con los mejores músicos, quienes tocaron y cantaron bellas canciones. Una diosa salió a bailar mostrando todos sus encantos y embelesó al resto de los dioses por su gracia y ritmo. Todos alabaron su belleza y quedaron rendidos ante ella.

Amaterasu, adentro de la cueva, oía la música y sintió una curiosidad inusitada. Corrió la pesada roca que tapaba la entrada y quedó maravillada ante el espectáculo que le habían preparado, pero no podía aceptar que los dioses admiraran tanto la belleza de la diosa bailarina. Las deidades buscaron un espejo para que pudiera contemplarse y comprobar por sí misma que era la más bonita de todas las mujeres. Todos los dioses y el pueblo le rogaron su retorno. Así que la diosa de la luz decidió volver al lugar de donde nunca debía de haberse retirado. La paz y la felicidad volvieron a reinar en las islas japonesas.

Tiempo después, Jinmutenno, el nieto de Amaterasu, ocupó el trono imperial y fue el primer emperador, según el relato. Al ver asegurada su dinastía en el imperio, la diosa pidió a su padre que la llevara junto a él. Envuelta en su luz, se fue a su lado. Allí permanece desde entonces, transformada en rayos luminosos, que miran y cuidan al pueblo japonés.

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