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De lo abstracto a lo concreto, de la política a la cultura, de la seriedad del intelectual a la alegría del hombre sencillo, don Raúl Casares fue un hombre multifacético que jugó en todas las canchas y ganó. La palabra que le podría atribuir es la fertilidad: sabía ver las circunstancias sociales a mejorar, las oportunidades en los negocios, podía ver lo mejor de las personas y proporcionarles la forma y el fondo para realizar una meta en la cual ganaban todos los involucrados.

Un día tuve la oportunidad de conversar varias horas en una circunstancia que nos obligó a esperar juntos ese tiempo y le pregunté cómo podía atender varios asuntos de índole social, empresarial, política y familiar y me contestó que era gracias al respeto a las personas, a los partidos políticos y a las instituciones, los cuales son la vía para expresar propuestas y construir acuerdos. Muchas veces lo arrinconaron para tomar partido, pero el suyo siempre fue más elevado: el bien común y el amor a su país. Le pregunté cómo escoger ejecutivos para llevar a cabo sus proyectos y me contestó que todas las personas tienen diferentes talentos y que era cuestión de colocarlos en lugares adecuados, pero que el respeto, la disciplina y el estricto seguimiento del trabajo en equipo eran la clave para multiplicar y llevar al cabo objetivos con éxito.

Lo conozco desde que yo era niño, por mi amistad con su hijo Mauricio, y durante las múltiples pláticas que le escuché sólo le oía hablar bien de las cosas y de las personas, pero cuando detectaba un error lo atribuía a una falta de información de los responsables o diferentes prioridades del entorno, nunca lo tomaba personal. Era un mago en las reuniones, convertía un ambiente áspero en cálido, pero también elevaba una junta mediocre a exigente. Lo consultaban políticos, artistas, religiosos y empresarios de conglomerados del norte del país. Claro que tuvo adversarios y competidores, en el juego de la vida todos los tienen, pero nunca hicieron mella en su alegría porque el balance de su vida siempre estuvo cargado de éxito de toda índole.

Amaba profundamente a Yucatán y dominaba desde la literatura y la historia hasta los recovecos de la política y del competitivo mundo de los negocios. Fue de las pocas personas que siempre quisieron mejorar su entorno y su estado y como su hijo Mauricio me decía: “La virtud de mi papá es que sus sueños los materializa” y éstos siempre eran trascendentes y elevados.

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