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Durante la Edad Media miles de mujeres fueron señaladas como brujas para posteriormente ser torturadas y asesinadas. Se les acusaba de herejía; sin embargo, históricamente se ha comprobado que solo eran poseedoras de un amplio conocimiento. Muchas de ellas sabían sobre herbolaria y medicina, fuentes que representaban un peligro para los intereses religiosos y políticos de la época. De ahí el concepto de “cacería de brujas” que actualmente se refiere a la acusación y juzgamiento de un enemigo sin tener prueba alguna de su culpa.

En aquella época, “las brujas” eran sometidas al escarnio público y quemadas, pues se buscaba dejar en claro quién tenía el poder. Patéticamente las cosas no han cambiado mucho. En 2019, la discusión sobre la violencia de género y los feminicidios fue una constante en el debate público en el país. La situación se agudizó cuando en las marchas feministas se tuvo la iniciativa de destrozar y quemar comercios, espacios públicos y monumentos históricos.

En Mérida, el llamado Monumento a la Madre sufrió pintas de grafiti y eso desató la furia de una buena parte de la sociedad. Las protestas fueron reprobadas y se tachó de delincuentes a las manifestantes. En medio de la polémica surgieron diferentes voces que definieron como simple vandalismo a esta lucha contra la violencia de género. El discurso de poder intentó intimidar y se dio pie a una auténtica “cacería de brujas”.

Ahora ellas han lanzado una nueva idea: se trata del paro nacional #UnDíaSinNosotras (propuesta realizada por el colectivo “Brujas del Mar”) en el que se busca que ninguna mujer participe en las actividades laborales y cotidianas que normalmente realizan, quizá como una metáfora de todas las mujeres que desaparecen en el país y cuya mayoría nunca logra regresar a casa; de los vacíos que dejan en el trabajo, en las escuelas, en las casas, en la vida de sus familias…

La incongruencia aquí aparece cuando las voces que antes criticaron ahora se pronuncian a favor: los políticos, las autoridades, los centros de poder. Todos ellos han cambiado y celebran el empoderamiento femenino, incluso intentan ser los personajes centrales del 9 de marzo. ¿Pero por qué esta distinción tan marcada con las formas de protesta si ambas exigen lo mismo? No se trata de los monumentos ni del vandalismo. Se trata del control, del ruido que se provoca. Para muchos, que las mujeres falten a sus trabajos resulta mucho menos inquietante que el hecho de que salgan a las calles y griten, y así hagan arder conciencias.

La verdad es que no importa si se les permite o no faltar, si sus maestros las apoyan o en sus casas las critican. No importa si hay hombres que las respaldan y mucho menos si no los hay. Importa que ustedes paralicen el país, quemen los monumentos, salgan a las calles, griten. Que hagan lo que tengan que hacer para mantenerse vivas. Importa que luchen.