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Nos acogemos en espacios que conscientemente hemos creado para nuestra convivencia personal. Y no me refiero a esas construcciones físicas que conocemos con el nombre de casas, sino a todos esos objetos que fueron escogidos para dar vida a lo que pudiéramos pensar como nuestro propio micro universo.

¿Nos habitan? Los muebles, los cuadros en la pared, los adornos de las mesitas y las fotografías familiares dejan de ser un referente visual para convertirse en una parte de nuestra identidad hogareña porque cada uno de ellos está cargado de momentos, olores y palabras al aire que fueron dibujadas en el pasado para ahora formar parte de un recuerdo siempre vivo que detona calidez y seguridad. Somos los objetos de nuestro espacio y llevamos dentro todos aquellos objetos de lugares pasados.

En “Dulce hogar”, cuento de la escritora yucateca Rosario Sansores, conocemos la historia de Alicia, una mujer a punto de dejar su hogar y despojarse de todo cuanto ha creado en su pequeño espacio; anhelando una nueva oportunidad amorosa y otras paredes para llenar de ella y su futura pareja. Detrás queda su esposo irritable y todos los horrores del amor insuficiente que lo nombran.

La acción transcurre en unas dos horas y media aproximadamente. Alicia está por abrir la puerta e ir al encuentro de su nueva vida cuando algo la detiene: la última visión de su hogar. La mujer recorre con los ojos y con las manos todos los objetos dispuestos por su gusto exquisito; los manteles que bordó, la salita que escogió, las cortinas que con su caída cubren toda una vida de matrimonio fallido. También mira con familiaridad el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y procede a detenerse en las fotografías de su esposo. Está por dejarlo todo y conscientemente va despidiéndose del hogar que no pareciera salir fácilmente de ella.

En un momento, la inmovilidad reclama su cuerpo y la deja caer en un sillón abrazándose a un sueño profundo que la adormeció entre brisas del mar y las costumbres del ayer. Al despertar, nota la hora y reconoce que Saúl, su nuevo amor, ha de llevar dos horas esperándola. Alicia no se alarma ni pretende correr de todos los objetos que la rodean.

En cuestión de minutos, su mente resuelve que ese adiós a su hogar es indigno. No por ella ni por la idea del cambio, sino porque su cuerpo no logra desprenderse de una casa que la recorre completa. Alicia decide quedarse, con la misma convicción que tuvo dos horas y media antes, cuando quiso irse.

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