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En ocasiones los pensamientos más simples pueden llevarnos hacia las introspecciones más profundas. Basta un momento de silencio y tranquilidad, un ambiente emotivo interior, una ventanita abierta para la percepción y en cuanto nos demos cuenta estamos ya muy adentro en un viaje personal que no lleva otro transporte más que la pureza de nuestra capacidad para filosofar-nos entre una luz que pareciera iluminarnos por completo.

Por mi mente corre una frase expresada por una boca anónima. Pudo haber sido mi padre, o mi madre, alguno de mis amigos, un terapeuta, un maestro, una señora en la calle o quizás yo misma; no importa quién. El caso es que, dentro de la oración que me ocupa, se mencionaba la idea de que todos llevamos un brillo propio, distinto a todos los otros brillos de quienes nos rodean.

“La luciérnaga que no quería volar”, cuento popular tailandés, narra la historia de la luciérnaga más pequeña de una familia que, como el título indica, se rehusaba firmemente a acompañar a su familia en esos viajes nocturnos en los que su característica principal se haría evidente en un cielo que aguardaba por ellas.

Tal era la postura de la pequeña luciérnaga, que su abuela tuvo a bien decidir tener una conversación con ella en un intento de ser ese ejemplo que pudiera invitarla a brillar como sólo ella podía hacerlo. A modo de reclamo, la vieja luciérnaga obtuvo una respuesta que de alguna forma culpabilizaba a la luna. Ese círculo enorme de allá arriba que todos los días con el menor esfuerzo iluminaba lo suficiente como para que la pequeña luciérnaga saliera inútilmente a poner un poco de luz por donde pasaba.

La respuesta de la abuela no sólo fue simple, sino también inteligente y sensible. Como esos pensamientos que consideramos evidentes pero que, al venir de la boca de otra persona, adquieren una fuerza enorme; como una verdad irrefutable. La vieja luciérnaga dijo que, si bien la luna brillaba con potencia, no lo hacía siempre con la misma intensidad. Su trabajo era ese, ser y brillar, ¿por qué entonces un pequeño insecto no habría de hacer lo mismo con las cualidades que naturalmente le fueron dadas, no importando cuánto emitiera?

No es fácil evitar pensar en la idea romántica de que “todos brillamos con luz propia” ¡pero es cierto! Todos somos capaces de alumbrar e intentar iluminar nuestro camino al mismo tiempo que, ¿por qué no?, prestamos un poco de luz a otros cuyas calles se muestran más obscuras.

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