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El lunes de esta semana -por motivo laborales y después de seis meses de no ir al centro- tuve necesidad de caminar por algunas céntricas arterias, específicamente por el Paseo de Montejo y la calle 60 y puedo asegurarles que la experiencia fue casi como la de una película de zombíes.

Hago aquí un sucinto relato de lo vivido en las casi cuatro horas que hice por esos lares.

Por principio de cuentas –y aunque me digan ledz o chayotero (ya me acostumbré a esas expresiones)- debo decir que las autoridades hacen su parte: han delimitado espacios para que vayamos los de a pie, dispuesto señales donde se abordan los autobuses para indicar la sana distancia e instalado en algunos sitios una especie de regaderas desinfectantes que cuando pasas te rocían el líquido. También han tapizado de letreros numerosos sitios públicos con indicaciones y exhortaciones al uso del cubrebocas, lavado de manos y otras medidas de protección.

Pero todo eso –o casi todo- vale gorro a los meridanos y hasta a visitantes con los que me topé. Por ejemplo, en Paseo de Montejo los trabajadores que reparan las aceras y ponen las tan polémicas señales, en su gran mayoría laboraban sin cubrebocas y uno juntito a otro, en molochitos. Los pocos que las llevaban o las tenían por debajo de la nariz o colgadas del cuello.

A dos montoncitos de ellos les tuve que pedir que por favor se pusieran bien ese horrible y fastidioso aditamento –que es , según nos dicen los que saben (no están incluidos López ni LópezGatell), la forma más efectiva de evitar contagiar y contagiarse- y hasta a un supervisor (se que era porque se lo pregunté) que sí lo llevaba como nos dicen que se debe llevar, cubriendo boca y nariz, le pedí que viera que esos jóvenes se los colgaran como mandan los expertos.

Ahí mismo, a dos extranjeros (supongo que lo eran porque eran cheles y altotes) los detuve para pedirles que se colocaran su cubrebocas. A un vendedor de artesanías le pregunté si no tenía y me dijo que sí, “en mi bolsa”.

Ya en la Plaza Grande, después de ser debidamente rociado en la “estación sanitizante (desinfectante)”, al avanzar unos metros, me topé con dos cheles ya ancianos que conversaban animadamente sin el aditamento colocado como debe ser. Les pedí (hasta practiqué mi inglés bostoniano) que se los colocaran.

Y aún más, al entrar a una panadería de mucho renombre en un ángulo de la plaza, trataba de meterse una joven con toda la nariz por fuera de su artefacto (por cierto muy lindo, con bordados de hilo contado). Pude llegar sin daño (aparente) hasta donde iba, pues ninguno de quienes les llamé la atención se puso bravo y hasta me hicieron caso.

Tras estos incidentes, me puse a pensar: de qué sirven carteles, exhortaciones, avisos y amenazas por parte de la autoridad si nos entran por un oído y nos salen por el otro. No es por desearle mal a nadie, pero unas buenas multas a quienes no usan cubrebocas quizá nos harían actuar diferente.

A mí hasta hoy no se me quita la sensación de miedo.

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