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Los mayas, y en particular los mayas peninsulares, son uno de los grupos étnicos más tempranamente retratado en la historia. Todo inició hacia el año de 1841 con la llegada de viajeros, coleccionistas, arqueólogos y aventureros de Europa y los Estados Unidos como John Lloyd Stephens, Frederich Catherwood, Augustus LePlongeon, Alfred P. Maudslay y Teobert Maler, entre otros, atraídos por las noticias de hallazgos arqueológicos en las zonas de Chichén Itzá, Uxmal, y otros sitios del Puuc, quienes traían consigo daguerrotipos (equipo antecesor de la cámara fotográfica) para hacer tomas de paisajes de los centros ceremoniales y los vestigios arquitectónicos y escultóricos. Incluso F. Catherwood llegó a montar un estudio fotográfico en Ticul en 1885.

Aunque la fotografía de estos viajeros estaba centrada en la arquitectura monumental, muchas veces aparecían en los retratos individuos mayas utilizados como modelos a escala; en otros, se trataba de peones que trabajaban en los proyectos de rescate o restauración.

Estos viajeros y exploradores se valieron de la fotografía para mostrar la cultura maya en los EU y Europa, reproduciendo una visión folclorizada de los mayas con el retrato de los tipos físicos e indumentaria vernácula. Este género costumbrista idealizaba y descontextualizaba a los personajes, pero tuvo un gran auge por el toque de exotismo contenido, por los ángulos de toma arquitectónicos y los elementos estéticos novedosos que fascinaban al espectador.

Pocos años después, hacia 1875 surgirían en Mérida los primeros estudios fotográficos que empleaban la técnica del colodión, placas secas de gelatina, polvos de magnesio; y más tarde lentes y cámaras especializadas. Uno de ellos, fue la Fotografía Guerra, establecida por Pedro Guerra Jordán (padre) y continuada por Pedro Guerra Aguilar (hijo).

Dentro de legado fotográfico, destacan las tomas de retrato artístico de estudio de personas de la sociedad yucateca: maya y mestiza. Cabe señalar que la fotografía en ese entonces era costosa y solo reservada a personas que podían pagarlo. En el ámbito privado, las fotos de familia revelan las transformaciones en personajes y ceremonias asociadas y ritos de paso: bodas, bautizos, primeras comuniones, carnavales. Los fotógrafos también ofrecían servicios de fotografía post-morten o retrato de luto, que es la práctica de fotografiar al recientemente fallecido. Los mayas yucatecos aparecen también en innumerables fotografías de edificios públicos, en los procesos de cultivo e industrialización del henequén, en los servicios públicos, en eventos políticos (revueltas, mítines), fiestas cívicas y religiosas.

A partir del siglo XX, la fotografía creció y empezaron a prepararse nuevos profesionales, incluso mujeres, con la intención de crear y recrear las imágenes de los paisajes y su gente en la península yucateca, inmortalizando inclusive a las familias que buscaban prevalecer en el tiempo. Un ejemplo es un amplio fotorreportaje, publicado en 1947 por Life, magazín estadounidense, sobre la vida cotidiana de los antiguos y modernos mayas.

El retrato comercial, como el del estudio fotográfico Guerra, continuó siendo el género por excelencia durante casi todo el siglo XX, aunque también los antropólogos documentaron fotográficamente a los pueblos mayas en sus estudios etnográficos.

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