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Loco, enfermo, maldiciendo.- Jack Kerouac

Así termina “Maggie Cassidy” (Juan Pablos Editor, 2000) la novela que nos cuenta los años mozos de Jack Duluoz, alter ego de Kerouac, durante su tiempo formativo en Lowell, Massachusetts. Jack tiene 16 años, una pandilla de amigos y una chica que lo ama: Maggie Cassidy, quien a través de besos y chantajes emocionales intentará que se case con ella y que nunca se vaya del pueblo. El libro abunda en descripciones nostálgicas que nos transportan a 1939 con la big band de Glenn Miller como banda sonora.

Sin embargo, es una novela menor dentro de la bibliografía del fundador de la Generación Beat; su valor radica en contarnos su primer amor y sus hazañas deportivas de la adolescencia, constituyendo un fresco que retrata su propio tiempo. Se queda en la sabrosa anécdota, pero no trasciende, al igual que su relación con la pecosa irlandesa. Afortunadamente para todos nosotros, Kerouac salió del pueblo y recorrió el mundo, tan sólo para morir a toda velocidad, como le gustaba.

Por otro lado, “México inocente y otros relatos de viaje” (Ediciones del Milenio, 1999) nos cuenta justamente esos viajes por el mundo que Kerouac realizó gracias a que se embarcó como marinero, lo cual le dio la oportunidad de estar en Marruecos (para visitar al escritor William Burroughs), Francia (país de origen de su familia francocanadiense) e Inglaterra, entre otras geografías literarias que eran parte de su interés vital.

Pero estas crónicas no sólo son trasatlánticas, ya que a mi juicio los relatos que revisten mayor importancia son aquellos donde Jack explora la América profunda. Por ejemplo, tomando un autobús desde Arizona para atravesar la frontera hacia México, trayecto en el que hace varios amigos mexicanos, quienes le consiguen marihuana -la cual fuma con unos soldados-. Aunque el título original del libro es “Viajero solitario”, vemos que en realidad nunca estuvo solo del todo.

El retrato que el escritor hace da cuenta del México de mediados de siglo, una tierra indómita a caballo entre la modernidad y el primitivismo de la región norteña del país. Al llegar a la capital, se hospeda también con Burroughs, quien radicaba en la colonia Roma antes de salir huyendo hacia Tánger debido al desafortunado accidente en el cual asesina a su mujer de manera imprudencial (pero eso es otra historia).

Resulta reveladora la descarnada descripción que hace de una corrida de toros en la Plaza México, esa tradición que incluso hace 70 años ya le parecía salvaje al buen Kerouac, quien empáticamente se pone del lado del animal. Asimismo, la narración termina en la experiencia religiosa de entrar a un viejo templo: “Me inclino y reverencio todo, me arrodillo en el banco de la entrada y salgo echando una última mirada a San Antonio de Padua. En la calle todo es perfecto otra vez, el mundo está lleno de las rosas de la felicidad, siempre, pero lo ignoramos. La felicidad consiste en entender que todo esto es un gigantesco y extraño sueño”.