|
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp

El mejor y el más vil de los reporteros.- Julio Scherer

La reciente obtención del “Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores”, me motivó a leer la novela de Enrique Serna, “El vendedor de silencio” (Alfaguara, 2019), la cual me fue obsequiada hace algunos meses por el escritor yucateco Edgardo Arredondo, quien no pudo reprimir el entusiasmo ante su lectura. Luego entonces, con mis sanas reservas hacia todo lo que sea literatura mexicana y contemporánea, me dispuse a sumergirme en el libro del momento.

La novela retrata de pies a cabeza a Carlos Denegri, ese insigne personaje de la vida real, quien fuera reportero y columnista del periódico Excélsior en el periodo comprendido entre 1940-1970, tiempo durante el cual Denegri fue considerado “uno de los diez periodistas más influyentes del mundo” (Associated Press). Pero el libro no es sólo un perfil literario de su protagonista, sino un fresco de la sociedad y la política mexicana de mediados del siglo XX.

A través de sus casi 500 páginas, somos testigos del encumbramiento de este oscuro príncipe del periodismo, desde sus inicios durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho, pasando por Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y culminando con el infame Gustavo Díaz Ordaz -y su patiño, Luis Echeverría-. Los entretelones de la “polaca” son develados por la certera pluma de Serna, quien pergeña un libro “de época”, cuya amplia documentación es novelada al más puro estilo de la no ficción (aunque sabemos que toda novela es ficticia).

La solvencia narrativa es notoria, pues no busca un lenguaje de altos vuelos; en cambio, su autor opta por largas y detalladas descripciones, a la par de una estructura que permite las digresiones temporales, de tal manera que la propia memoria de Denegri nos lleva a salto de mata de ida y vuelta hacia su pasado y su presente -a fines de los sesenta-. Este recurso da resultado, pues aunque las primeras 100 páginas me parecieron un tanto anodinas -mas no exentas de interés-, cuando empieza a evocar a su padre, Ramón P. Denegri, embajador y destacado funcionario de relaciones exteriores, es el momento en el que uno como lector queda subyugado y comienza a comprender la psicología del personaje, los hechos que habrían de prefigurar su formación y su proceder en lo sucesivo.

Aunque no está ambientada en la revolución, este movimiento armado se proyecta como una sombra -una que abarcaría casi todo el siglo pasado en nuestro país-, ya que los personajes son herederos de ese fallido ideal revolucionario, el cual en apariencia triunfó y nos llevó a meter el pie en la modernidad, aunque a la postre resultara pura llamarada de petate. Ese afán nacionalista de pretendida democracia que, paradójicamente, siempre estuvo maniatada por los métodos fascistas dictados desde el gobierno priista -del cual aún no nos libramos del todo-. En ese sentido, el mayor acierto de “El vendedor de silencio” es recordarnos que la corrupción endémica que padecemos como país todavía no está extinta.

Cargando siguiente noticia