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No es lo mismo asociaciones que amistades. En el mundo del arte existen ambas. A veces coexisten y a veces marchan por separado. La historia del arte ha hecho un recuento de esto, sobre todo a partir de que empezamos a poder recabar un archivo exhaustivo de las personas con fotografías y cartas.

Es así como sabemos que Borges era muy amigo de Bioy Casares y que ambos también eran colaboradores. También es así que conocemos que Tina Modotti fue muy amiga de Frida Kahlo, que Warhol de Basquiat y, si nos vamos a atrás, que Goethe y Beethoven eran amigos. Pero el lenguaje de la amistad es bastante complejo.

Me impresiona ver cómo los relatos sobre el amor parecen siempre vender más que los de amistad. Sin embargo, en los hechos, las historias donde se narran las pericias y edificaciones de amistades son las que persisten y no tienen vigencia. Podemos ver el texto de Bolaño “Los Detectives Salvajes”, como una oda a la amistad. Todo el libro es una odisea de búsqueda existencial de amigos tratando de encontrar el significado de lo que ya estaba sucediendo en sus vidas. En la amistad también hay pasajes complejos. Está el caso de Van Gogh y Gauguin. Al principio fue un idilio y al final un auténtico desastre de dos genios de la pintura. Menos conocido también es el caso del escritor Emile Zola y el pintor Paul Cezanne. Ambos fueron grandes amigos durante la mayor parte de sus vidas. Al final, Zola escribió una obra que hablaba de Cezanne. Se dice que el pintor maestro de los impresionistas quedó tan poco complacido que nunca más habló con Zola después de la publicación.

En lo nacional y más cerca está el caso de Gabriel Ramírez Aznar y Fernando García Ponce. En el libro de “Personajes Ilustres de Yucatán”, Ramírez Aznar abre el capítulo con el título de “Hermano pintor” ahí se hace un recuento íntimo, tierno y muy cercano al pintor que lleva el nombre del museo de arte contemporáneo de Yucatán. Después en Chisme Arte —el podcast producido por el MACAY en voz de Santiago Manzanero— Gabriel Ramírez define la amistad de ambos como “etílica”, porque siempre que se veían bebían por horas en el Sanborns enfrente del Ángel de la Independencia.

El recuento es tan rico que podríamos hacer un libro. Probablemente las más interesantes son las más pasionales, que terminaron hundiéndose como el Titanic, o que el misterio les dio una lectura de ser imposible saber qué realmente pasó. Para poner un ejemplo la amistad de Goya con la Duquesa de Alba. Y en las que acabaron mal la de Buñuel y Dalí. Amistad que terminó en sabor a hierro y un puñetazo (de Buñuel a Dalí) que devino en una no reconciliación perpetua. Es así. En asociaciones, no vale la pena ni hablar. La amistad triunfante o catastrófica es de la que vale la pena imaginar o reflexionar.

También me parece muy interesante el caso de los artistas cuyos amigos no son artistas. Esto es de hecho algo que sucede muchísimo. Escritores, fotógrafos y poetas en propia voz me han dicho que sus mejores amigos son plomeros, carpinteros, dentistas o ingenieros. “¿Por qué habría de ser amigo de alguien que perpetuamente quiere competir conmigo?”, me han contestado más de uno. O simple y sencillamente fue y es así. Amistad y arte. ¡Qué complejidad!

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