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Conocemos las circunstancias por medio de las cuales celebraremos estas fiestas que nos ocupan, y que también nos definen a partir de una Navidad no imaginada en absoluto. Bastará la precaución del alma que se acompaña de un miedito molesto para mantener en la mente aquellos pensamientos que se anteponen a nuestras instintivas formas de anhelar algo de las navidades pasadas. Es necesario ser precavidos.

Buscaremos, en las horas indicadas, olvidar por un momento lo que nos oprime la mente y encontraremos resguardo en las sonrisas desnudas de los poquitos que nos rodearán. Por la comida, quienes tienen suerte y se saben afortunados no tendrán problema. Por los regalos, se espera que puedan quedar en segundo plano. ¿Por el sentimiento? Es deseable mantenerlo intacto. Después de todo, y de manera crucial, la Navidad viene a manifestarse en todo su esplendor y hemos sido amablemente forzados a celebrarla tal cual es: íntima.

En “Khalil Gibrán”, poema de la autora argentina Marilina Rébora, estamos frente a versos que, al igual que la festividad de este año, llegan con toda la crudeza de quien sabe decir las cosas como son. No hay palabras que sirvan de alivio y más bien las frases llevan un aire de reprimenda. ¿Sabes dar? ¿Dar de corazón?

Resulta que para dar, es necesario carecer de segundas intenciones o esperar reconocimiento. Tampoco sirve mucho si damos por ser virtuosos, buscando que una palmadita propia se apoye sobre nuestro hombro para proclamarnos bondadosos. No. El dar debe ser un acto puro; de ese que los humanos creemos dominar pero que no siempre logramos.

Se dice también, dentro del poema, que debemos ser merecedores de dar. No cualquiera puede ser el donante adecuado. ¿De qué se trata entonces? En mi mente el acto de dar no representa gran dificultad. Sin embargo, para la poeta, el gesto más precioso, el donativo de corazón, vive en la idea de que “a través de esas manos diga Dios lo que piensa y sonría dichoso detrás de la mirada”. Dejarse hacer, una tarea nada fácil.

Tendríamos que intentar cerrar los ojos, extender las manos y con confianza obtener del cielo lo que sea que estemos destinados a obsequiar: tiempo, palabras, consuelo, sonrisas, empatía o amor. No es algo sencillo dar lo esencial para el otro, pero quizá con este año que nos recorre, podamos sentir la pulsión de ser instrumento y decidir que alguien más accione por nosotros. Solo así daremos más de lo que creemos, y más de lo que somos.

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