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La confianza en épocas de pandemia, lejos de ser una virtud, se puede transformar en una debilidad que se paga caro. La disminución de los casos de Covid y la suficiente capacidad hospitalaria, acompañadas de las ofertas comerciales y la desesperación del encierro, han provocado una movilización mayor de quienes compartimos la ciudad de Mérida. La presencia en tiendas, centros comerciales, restaurantes y festejos parece multiplicarse sin freno, basta pasar por los estacionamientos de las plazas para darnos cuenta de que las cosas no andan bien.

Las consecuencias de esta movilidad se pueden traducir en un repunte de casos y de fallecimientos que nos pondrían de nuevo en la emergencia que hace apenas unas semanas teníamos en Yucatán, cuando las muertes diarias estaban en números cuatro veces mayores que hoy, de ahí que recordar esa etapa es fundamental para regresar a las medidas preventivas. Asumirlas y ponerlas en práctica está únicamente en nuestras manos, utilizar el tapabocas todo el tiempo que por razones de trabajo o de atender una urgencia debemos acudir a un lugar ajeno a nuestra casa es indispensable, guardar la sana distancia no sólo con los extraños, los que más nos contagian son nuestros familiar es que al confiarnos y descuidar las medidas nos exponen, no acudir a lugares cerrados y con muchas personases básico, es un desafío compartir con numerosos ciudadanos un espacio cerrado, donde el aire está recirculando y el virus con él; asumir que no me va a pasar nada es agarrarle la cola al diablo.

Cuando rompemos las reglas las posibilidades de contagio se multiplican por 10, no tocar pasamanos públicos y de hacerlo utilizar mucho jabón y lavarse las manos con frecuencia es una práctica básica o utilizar productos desinfectantes, no tocarse la cara, cambiarse de ropa y darse un baño después de haber salido de casa es una práctica obligada, cuidar a los mayores, a familiares con enfermedades crónicas y a los obesos, tener especial cuidado de que al menor síntoma de algo raro en nosotros atenderlo de inmediato, debemos hacerle caso al aviso que nos da el cuerpo, pues es clave para evitar que se agrave y terminemos en un hospital y en el peor de los casos perdamos la vida.

Algo nos deja claro esta enfermedad: si la atiendes a tiempo y te tratas es muy probable que pueda enfrentarse con éxito, creer que no nos va a pasar nada es un error que se paga con la vida, de ahí que hacerse una prueba es la diferencia entre la vida y la muerte. Si escribo este artículo es por experiencia propia: tuve Covid y tuve miedo, me atendí de inmediato y asumí la responsabilidad de las medidas médicas y la cuarentena y estoy para contarles mi experiencia. No es nada fácil ser precavidos después de casi un año de encierro y limitaciones, pero aún estamos muy lejos de tener los medicamentos específicos y las vacunas. Cuidarse es la única forma para salir de esta trampa, si nos cae el veinte viviremos para contarlo.

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