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En la vida del coleccionista hay una tensión dialéctica entre los polos del orden y el desorden.- Walter Benjamin 

Si cada libro viejo que se desembala le da una nueva vida al lector, imaginen lo extenso y laborioso que es desembalar una biblioteca con miles de ejemplares. Sobre todo, porque no se trata únicamente de sacarlos de sus cajas para ubicarlos en un nuevo lugar, sino de irlos limpiando, restaurando si es necesario y, por supuesto, abrirlos para recorrer una vez más sus páginas, las cuales, si están subrayadas o marcadas de alguna forma, nos remiten sin remedio al pasado, ese en el que el lector vuelve a posar sus ojos años después del primer acercamiento. 

Para el coleccionista, bibliófilo o bibliómano -dependiendo el grado de su obsesión-, no es infrecuente encontrarse con ejemplares repetidos de un mismo título, lo cual acrecienta su biblioteca y, como es de esperarse, reduce los espacios disponibles. La diferencia entre ediciones puede ser tan infinita como la compulsión de su poseedor. Entre uno y otro ejemplar no sólo puede cambiar la tipografía, la portada, la casa editorial y el tipo de encuadernación, sino el año en el que fue publicado, o si viene precedido de un prólogo de un autor importante o un estudio crítico, al igual que las distintas traducciones. 

Asimismo, ciertas ediciones pueden contener un ex libris valioso para el coleccionista. Este asunto es la mar de curioso, porque los coleccionistas también coleccionamos las bibliotecas de otros propietarios, cuya valía se incrementa si se trata del acervo personal de algún artista, intelectual o escritor que alguna vez tuvo dicho ejemplar entre sus manos. Por ello, los ex libris y las dedicatorias manuscritas son importantes, porque ayudan a identificar la pertenencia de dicho libro. 

También el país de procedencia y el idioma son distintivos interesantes, pues hay quien suele buscar y rastrear un mismo título en todas sus variantes idiomáticas, siendo las más buscadas las que son del país originario del autor, aunque uno no entienda su lengua, eso no hace mayor diferencia para el auténtico coleccionista.  

Por supuesto, las ediciones príncipe o primerísimas ediciones se cotizan aparte. Máxime si contienen el autógrafo del autor, lo cual las convierte en una joya tal vez sólo superada por la adquisición del manuscrito original o las pruebas de impresión con todo y erratas ortotipográficas, las cuales resultan una curiosidad sólo apta para los más acendrados buscadores de tesoros bibliográficos. 

Por supuesto, todas estas consideraciones pueden resultar ociosas para los no iniciados, pero lo cierto es que forman parte del extenso universo del bibliómano, cuyo amor por los libros a menudo es incomprendido e incomprensible. La peor suerte que puede ocurrirle a una biblioteca así no es sólo que termine embalada, sino desperdigada o mal vendida por los herederos del propietario, que con demasiada frecuencia no le otorgan la relevancia a lo que, para sus miradas profanas, sólo son toneladas de papel y viejos libros apolillados. 

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