|
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp
Compartir noticia en twitter
Compartir noticia en facebook
Compartir noticia por whatsapp

Toda pasión limita con lo caótico, pero la pasión del coleccionista limita con el caos de los recuerdos.- Walter Benjamin

El libro de Alberto Manguel “Mientras embalo mi biblioteca” (Almadía, 2017), cuyo título es una paráfrasis del ensayo “Desembalando mi biblioteca” (Taurus, 1971), de Walter Benjamin, entrañó no sólo la deliberada lectura de ambos ejemplares, sino que acompañó significativamente el proceso de desembalaje y reordenamiento de mi propia biblioteca.

Pero vayamos por partes. En el caso de Benjamin, la feliz ocurrencia de su ensayo se debió a que, tras su amargo divorcio en 1930, abandonara el hogar familiar para trasladarse junto a su colección de libros a un departamento berlinés en el cual desembaló alrededor de 3 mil ejemplares. En dicho contexto emprendió la escritura del texto de marras, el cual a la postre habría de inspirar a no pocos bibliófilos del orbe.

En el caso del argentino Manguel, tomando como ejemplo a Benjamin, elaboró un proceso creativo a la inversa: en su libro compuesto por una elegía y diez digresiones, nos relata cómo va empacando su biblioteca de casi 35 mil ejemplares, albergados en un granero en el valle de Loira, Francia, adaptado para tal fin. Por motivos que no vienen a cuento, él y su pareja deben abandonar su hogar y su país adoptivo. Pero como el escritor no vislumbra un hogar sin sus libros, abandonarlos está fuera de toda consideración.

Mi historia es parecida a la de ellos, y a la de todos los bibliófilos del mundo. El desarraigo y las mudanzas presentan el desapego y la libertad sin límites -excepto cuando se trata de los libros-. Un cambio de residencia me obligó a encomendar mi biblioteca -a buen resguardo-, llevándome paulatinamente sólo aquellos ejemplares indispensables. La tristeza pronto fue reemplazada por la emoción de iniciar la construcción de una biblioteca desde sus cimientos, en un lugar tan idóneo para la búsqueda y cacería de libros como lo puede ser la Ciudad de México.

Cualquier banqueta, estación de metro o tianguis barriobajero escondían detrás de capas de polvo hallazgos bibliográficos inestimables. Y así fue durante cinco años, hasta el eterno retorno al origen primordial, el cual no estaba exento de dificultades. ¿Cómo mover miles de libros y cómics a otro hogar? Esta vez no podría haber abandono ni resguardo, así que una vez más embalé mi biblioteca, la cual, junto con otros muebles, fetiches y un gabinete de curiosidades, emprendió el viaje hacia su nuevo destino.

Una vez ahí, me tomó algunos meses levantarla y ponerla en forma, pero ahora la dicotomía era poco menos que problemática. ¿Cómo y dónde diablos unir la biblioteca de mi primera juventud, que incluye los libros de la infancia hasta las lecturas que dejé atrás a mis casi 30 años? ¿Cómo conciliarla con la biblioteca actual, la que corresponde a los tiempos y gustos de la mediada edad? El periplo hacia el interior de mí mismo, en las húmedas y oscuras grutas de la memoria, apenabas comenzaba…

Cargando siguiente noticia