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Leí “El vendedor de silencio” a contracorriente y con algunas reservas, sobre todo por la dudosa calidad del sello editorial que publicó el libro. Me explico: las casi 500 páginas de esta novela, que viene avalada por el premio Xavier Villaurrutia de este año, es un culebrón que tiene sus altibajos: algo de paja le sobra y no pocos gazapos ortotipográficos perturban su lectura. Parece que en Alfaguara, Lectorum y algunas editoriales mexicanas destinadas al consumo del “lector casual de Sanborns”, no saben lo que es el cuidado de edición.  

Serna hace un gran trabajo de investigación y reconstrucción histórica, así como un portentoso ejercicio de imaginación para enfundarse en la piel de Carlos Denegri, “el mejor y el más vil de los reporteros”. No sé si era su intención, pero por momentos sentí que estaba leyendo la revista Hola o TVNotas; tal vez el espíritu del protagonista lo poseyó al pergeñar frases dignas de “El libro semanal”.   

No obstante, en otros momentos su prosa es efectiva para entregarnos una narrativa vertiginosa que profundiza a nivel psicológico en el conflicto ético del protagonista: “Si los escrúpulos paralizaban a los hombres de mérito, pensó, era mejor ignorarlos o amordazarlos. Nunca volvió a creer en la pureza humana, y sin embargo guardaba en el corazón un sedimento de su vieja inocencia, que le reprochaba haber seguido el ejemplo paterno. ¿Golpes de pecho a destiempo? ¿Nostalgia de su perdida virginidad moral?”. 

A pesar de estas irregularidades que pudieron ser subsanadas por un buen editor, lo cierto es que no es literatura que aspire a alcanzar la belleza a través del lenguaje -ni lo pretende-, sino una novela que otorga primacía al fondo sobre la forma, para constituir un fresco de lo chabacanas que pueden ser la política y la sociedad mexicana cuando vienen arropadas por medios de comunicación corruptos, como hasta ahora.  

Al margen de lo anterior, no podemos soslayar que el machismo y la misoginia son el gran tema del libro, porque la mayoría de los personajes lo padecen, incluso las mujeres. Las actitudes de la época son fiel reflejo de ello, puesto que la violencia hacia la mujer no sólo no era mal vista, sino a veces considerada necesaria. Un retrato terrible, pero no menos cierto, ya que dimensiona al personaje, en especial cuando llegamos al origen de su odio hacia las mujeres.  

Queda la reflexión: ¿no será que los mexicanos somos así por el odio a la madre primordial? Malitzin o la Malinche, es decir, la chingada, la traidora, la rajada…, como diría Paz en su famoso ensayo “El laberinto de la soledad” (1950). Su pertinencia en estos tiempos, como ya que he dicho, queda fuera de toda duda. Y es que, sea como sea, el libro despega sin dejar de entretener y mantener la tensión dramática. En pocas palabras: está buenísimo el chisme y su mayor mérito es que uno lo lea completito. 

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