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La Inteligencia Artificial (IA) es un conjunto de programas capaces de cambiarse a sí mismos. En otras palabras, estos algoritmos informáticos aprenden, desde el análisis de su amplísima base de datos y de su interacción con los usuarios, sin intervención humana.

Entre sus productos más prometedores, y enormemente controversiales, están los chatbots, como el ChatGPT de OpenAI. Estos adelantos computacionales pueden responder casi cualquier pregunta formulada con el lenguaje natural, como en una conversación informal. Además, adaptan su réplica a cada usuario, para contestarle de manera muy específica y contextualizada, una que casi se podría calificar como muy personal. Quizá los hemos usado, sin darnos cuenta: hablamos de los asistentes de voz de algunas plataformas bancarias, de soporte técnico o de servicios al cliente.

Se trata del desarrollo de la ciencia más poderoso jamás inventado. No solamente hace innecesario saber de computación para interactuar con él, ya que puede entender nuestras palabras cotidianas, en nuestros estilos individuales de hablar; además, tiene una memoria, tanto de trabajo como de almacenamiento, absolutamente fuera de nuestro alcance. Puede aprender de sus usuarios tanto, o quizá más, de lo que ellos aprenden de la IA. Es capaz de adaptarse a cada consultante, sin importar su idioma o cultura, ya que la IA es multilingüe y cosmopolita.

Su característica más relevante es su facilidad para interconectarse con una gran variedad de plataformas de diversos fines: consulta médica de emergencias, asistencia ejecutiva en banca por internet, instructor virtual de un tutorial… Con el tiempo, será el intermediario obligado con todas nuestras máquinas y aparatos. No pulsaremos más botones ni arrastraremos ya más dedos sobre pantallas: la IA se encargará de averiguar qué deseamos, desde la vigilancia de nuestros movimientos oculares o el registro selectivo de descargas de neuronas. Veremos cómo el mundo se despliega solícito a nuestro derredor según nuestros deseos, para satisfacer nuestras necesidades… y también nuestros caprichos.

Este rol, cada vez más importante, de la IA como eficientísimo gerente general de todo el mundo tecnológico es, simultáneamente, un sueño dorado y una pesadilla infernal. En su faceta ingenuamente onírica es posible imaginar un mundo feliz en el que la IA se encarga de resolver todos nuestros problemas. Las y los seres humanos se dedicarían entonces a la creación o al disfrute de la belleza… Hasta que pase algo con la IA y nos descubramos pusilánimes e inermes frente a un mundo que ella ha construido para nosotros, bajo nuestras órdenes.

No es necesario imaginar que la IA cobre consciencia y se vuelva un ente dictatorial. Basta y sobra que nos deje abandonados en el infierno de una riqueza cultural tecnificada que ya no podemos disfrutar ni reproducir. Nos veríamos como cavernícolas, perdidos entre los bits y los bytes de la cárcel informática que nosotros mismos construimos con nuestra natural inteligencia.

(Eduardo Suárez / Profesor-Investigador en Desarrollo Humano, Universidad del Caribe).

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