17 de Diciembre de 2017

El poder de la pluma

Una Revolución adjetivada

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Meses antes de que, en Puebla, el general Mucio Martínez sacrificara a Aquiles Serdán, el 20 de noviembre, la noche del 3 de junio de 1910, en Valladolid, Yucatán, Maximiliano R. Bonilla, Atilano Albertos y José Kantún atacaron y redujeron el cuartel de policía, de acuerdo con el Plan de Dzelkoop que se anticipó al Plan de San Luis.


Antes del 20 de noviembre, Toribio Ortega se adelantó a la fecha propuesta por Madero y se levantó en armas el 14 de noviembre de 1910 en Cuchillo Parado, Chihuahua. Años después, Toribio Ortega moriría como general villista.

Por lo tanto, en el sureste, el norte y en el centro del país, al menos tres localidades comparten el inicio de las acciones revolucionarias que derrocarían la dictadura de Díaz para llevar al poder a Francisco I. Madero. Pero la Revolución no terminó ahí y, bien a bien, no sabemos cuándo acabó, si ha acabado o si murió de inanición. Lo que sí es claro es que la festejamos en una liturgia que llamamos laica para no llamarla de otra forma y que hoy cumple su aniversario 112. Felicidades.

Al revés de Enrique Krauze, que pedía una democracia sin adjetivos, nuestra Revolución ya ha sido demasiado adjetivada. Aparte de que dos de los principales partidos (que comparten en sus siglas lo PR de su origen común) la quieran el uno institucional y el otro democrática, ha sido llamada antirreeleccionista, social o popular, según las circunstancias, o bien, interrumpida, traicionada o secuestrada, según el punto de vista. Y muchos otros adjetivos sumados a otros presentes, pasados y futuros.

Todo ello demuestra que, para nadie, y desde sus inicios, la Revolución ha sido una y la misma: cumple con todos los requisitos para poder llamarla mito.

Lo terrible del caso es que tanto su ser mítico como el puntual cumplimiento de sus liturgias celebratorias oscurecen el hecho de que mucho más allá del problema específico de las elecciones de 1910, hubo un movimiento contra la injusticia imperante, que hubo ríos de sangre y que aún existen condiciones de pobreza al menos para la mitad de la población, de acuerdo con el CENEVAL.

¿No es tiempo ya de tomar en serio las voces que, en todo el país, se alzaron aquel año?

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