Presidente de Filipinas creó 'escuadrones de la muerte'

Las revelaciones fueron hechas ante el Senado por Edgar Matobato, quien formó parte de los cómplices de Rodrigo Duterte en Davao.

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El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte (d), durante una visita al cuartel de los Rangers del Ejército en Camp Tecson, en San Miguel, norte de Manila, el 15 de septiembre de 2016. (Foto: AP/Bullit Márquez)

El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte (d), durante una visita al cuartel de los Rangers del Ejército en Camp Tecson, en San Miguel, norte de Manila, el 15 de septiembre de 2016. (Foto: AP/Bullit Márquez)

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MANILA, Filipinas.- Al nuevo presidente filipino, Rodrigo Duterte, se le atribuyen tres mil muertos por la "guerra contra la droga" que es su principal caballito de batalla, pero ahora pesa en su contra una acusación aún más grave y específica, según información de la agencia Ansa Latina.

Es la de haber estado al mando directo de los "escuadrones de la muerte" en su ciudad-feudo, Davao, dando personalmente la orden de matar a un millar de personas en el término de 25 años, incluyendo opositores y cualquiera que se le enfrentara.

Las revelaciones fueron formuladas el jueves ante el Senado de Manila por Edgar Matobato, de 57 años, un "arrepentido" que durante años formó parte de los secuaces de Duterte en Davao, la ciudad donde el presidente filipino fue alcalde desde 1998.

"Nuestro trabajo era matar criminales como distribuidores de droga, violadores y ladrones", dijo Matobato, agregando que Duterte -a quien se referían con el nombre en código de "Charlie Mike"- al parecer también ordenó el homicidio de cuatro guardaespaldas de un político rival, y en un caso remató él mismo a un agente herido con ráfagas de fusil Uzi.


Las víctimas, explicó Matobato, a menudo eran arrojadas al mar con el estómago partido para que no flotaran. En otra ocasión, un cadáver fue dado como comida a un cocodrilo.

Durante su campaña, Rodrigo Duterte reiteró que quiere extirpar el crimen, en particular ligado al narcotráfico

Un vocero del presidente, Martin Andanar, rechazó las acusaciones de inmediato: "No creo que sea capaz de dar tales órdenes", dijo, mientras otros fieles a Duterte pusieron en duda la credibilidad del testigo, sosteniendo que se trata de un complot para desacreditar al dirigente.

Matobato, que dijo haberse ocultado por temor desde que Duterte fue elegido presidente en mayo, fue llamado a declarar como testigo en el ámbito de una investigación del Senado sobre la "guerra a la droga" declarada por el mandatario apenas asumió, en julio, y acompañada por cientos de homicidios extrajudiciales.

La investigación está a cargo de la senadora Leila de Lima, acusada por el propio presidente de tener vínculos con el narcotráfico.

Ciertos o no, los hechos reportados por el arrepentido se insertan en el cuadro trazado desde hace tiempo por las principales organizaciones para los derechos humanos, que repetidas veces condenaron el clima de justicia sumaria vigente en Davao bajo Duterte.

Desde que fue elegido alcalde, la precaria situación de la seguridad en la ciudad mejoró netamente, según los críticos también por "mérito" de tales prácticas dignas del Talión. 

Durante toda la última campaña electoral Duterte varias veces reiteró que quiere dejar una huella de sangre para extirpar el crimen en particular ligado al narcotráfico.

"Cuando me vuelva presidente, ordenaré a la policía y al ejército que encuentren a estas personas y las maten. Las cámaras mortuorias estarán llenas... yo proporcionaré los cadáveres", dijo Duterte antes de ser elegido.

Precisamente su línea dura contra el crimen es la base de su popularidad: también de las polémicas por la "guerra contra la droga", su consenso en Filipinas navega a cifras récord.

Sin embargo, el estilo gángster de los líderes de Manila preocupa a los inversores y a sus propios aliados. La semana pasada, una reunión entre Duterte y el presidente estadounidense Barack Obama fue anulada porque el filipino llamó a su par norteamericano "hijo de p...".

En general, Duterte demostró querer apelar a un nacionalismo rico en tonos anticolonialistas, mostrando aperturas hacia China e intolerancia hacia su tradicional aliado norteamericano.

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